Comíamos insectos, sí, y claro está, que lo
hacemos, pero muchos menos que los neandertales. Mientras nuestros 'primos
evolutivos' devoraban moscas y mosquitos de forma habitual, un hallazgo con
sello español revela que nuestros ancestros directos en Europa solo los
ingerían por puro accidente
Hace
alrededor de 45.000 años, cuando los humanos modernos (Homo sapiens,
nosotros) pisamos por primera vez Europa, la cosa no estaba como para
desaprovechar ninguna fuente de proteínas. De modo que junto a las bayas, las
raíces, las frutas y la caza, a nuestra dieta se sumaban también los
insectos. ¿O quizá no? Un nuevo estudio español, recién publicado en 'Science Advances' y llevado a cabo por un equipo de
científicos del Instituto de Biología Evolutiva (centro mixto del CSIC) y la
Universidad Pompeu Fabra (UPF), acaba de descubrir que nuestros antepasados
directos consumían insectos, sí, aunque casi nunca de forma consciente y
deliberada. Más bien se los tragaban por accidente, bichos ocultos en las hojas
de las que se alimentaban, o ahogados en el agua que bebían.
Desde luego, resulta irónico que
nosotros, herederos de aquellos humanos que al final acabaron perdiendo la
capacidad genética para digerir un simple grillo, vayamos a volver a hacerlo
muy pronto. Con la superpoblación y la crisis climática apretando las tuercas,
instituciones como la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación
y la Agricultura (FAO) ya nos avisan de que las granjas de insectos serán en un
futuro inmediato el pan nuestro de cada día. No en vano, hasta ahora 1.611
especies de insectos ya han sido catalogadas como comestibles.
Los
chapulines son saltamontes
comestibles con arraigo prehispánico en México, muy populares en estados
como Oaxaca, Puebla y la Gobierno de México. Destacan por su alto
contenido de proteína (hasta 60-70%), minerales y bajo impacto ambiental,
consumiéndose tostados con limón, ajo y chile como botana o en tacos
El
chapulín que más se come es el chapulín de la milpa o Sphenarium
purpurascens. Es un pequeño saltamontes originario de México, muy
popular en estados como Oaxaca, Puebla, Tlaxcala y la Ciudad de México. Comer
chapulines es muy sano y nutritivo. 100 gramos de estos insectos aportan
entre 60 y 70 gramos de proteína de alta calidad, vitaminas del complejo B,
minerales como calcio, zinc y magnesio, además de ácidos grasos buenos y fibra
en su caparazón que ayuda a la digestión. Los beneficios principales de
ingerir chapulines es que son ricos en proteínas. Mucha proteína, ¡Pos si! Superan
por mucho el porcentaje proteico de la carne de res o de pollo. Bajos en
grasa: Contienen pocas grasas y son insaturadas, es decir, saludables para
el corazón. En cuanto a la salud digestiva: su exoesqueleto aporta fibra
que beneficia la flora intestinal: El cuerpo los absorbe y digiere con
mucha facilidad. Al comer chapulines, hay cosas que debes cuidar:1- Exceso
de sal: Muchas veces se preparan tostados con sal, chile y limón en
grandes cantidades, lo que eleva el sodio. 2- El origen y limpieza: Debes
comprarlos en lugares limpios y confiables para evitar residuos de tierra,
químicos o contaminantes del campo. ¿Alergias? Si eres alérgico a
los mariscos (como los camarones), podrías tener una reacción parecida porque
comparten compuestos similares en su caparazón.
Como exploradores que
estuvieses lanzados en busca del ADN de insectos, y dirigidos por el investigador Pablo Librado, y con Manuel Piñero como primer autor del
estudio, los científicos se lanzaron a una misión que hace apenas una década
habría sido imposible: rastrear el ADN de los insectos consumidos
hace miles de años. ¿Y dónde buscaron semejante tesoro? En el sarro
dental de nuestros lejanos antepasados. Para Librado y sus colegas, de hecho,
examinar ese sarro prehistórico fue como tener acceso a una 'cápsula del
tiempo' microscópica, porque a medida que esta placa se acumula y se calcifica
(formando el cálculo dental), atrapa y preserva para la posteridad minúsculos
fragmentos genéticos de todo lo que pasó por la boca de aquel individuo:
bacterias, microscópicos restos de plantas, trazas de animales y, por supuesto,
bichos.
La investigación demuestra que la
repulsión occidental a comer bichos está escrita en nuestros genes. Así, y a
través de complejas técnicas de
metagenómica (que equivalen a
reconstruir trillones de letras de un código de barras biológico destrozado por
el tiempo) los investigadores lograron 'sentarse a la mesa' del Pleistoceno.
El equipo analizó ni más ni menos que 745 muestras de sarro de individuos Homo
sapiens de hasta 33.000 años de antigüedad repartidos por toda Europa y Asia
central y oriental, y cruzó después esos datos con los de 18 neandertales y 96
grandes simios actuales. Los resultados no dejaron lugar a dudas. La placa de
nuestros antepasados sapiens de Eurasia apenas tenía trazas de ADN de insectos.
Y las pocas especies identificadas indicaban, sin duda, una ingesta
inintencionada.
Al examinar la dentadura de los neandertales, sin embargo, la película cambió
radicalmente. Nuestros fornidos 'primos' evolutivos, que dominaron Europa
durante cientos de miles de años hasta su abrupta desaparición hace 40.000
años, poco después de nuestra llegada, sí que consumían insectos de forma
habitual e intencionada. Su ingesta, de hecho, era tan abundante que resulta
comparable a la de los chimpancés occidentales en la sabana africana actual.
Curiosamente, los neandertales sentían una especial predilección por los dípteros, el gigantesco grupo al
que pertenecen las moscas y los
mosquitos. Resulta irónico que nosotros, herederos de los humanos que
acabaron perdiendo la capacidad genética para digerir un simple grillo, vayamos
a volver a comerlos muy pronto.
Estos datos encajan como un guante con otras investigaciones pioneras, también lideradas por españoles. un buen ejemplo es el estudio publicado en 'Nature' en 2017, en el que investigadores del CSIC, entre ellos Carles Lalueza-Fox y Antonio Rosas, analizaron el sarro de los neandertales de la cueva asturiana de El Sidrón y demostraron que estos homínidos no eran en absoluto los brutos supercarnívoros que pintaban los manuales. Incluso descubrieron que un individuo enfermo, al que le dolía una muela, se automedicaba masticando corteza de álamo (que contiene el principio activo de la aspirina) y hongos productores de penicilina, adelantándose a Alexander Fleming en casi 50.000 años. Ahora, el equipo del IBE añade un manjar inédito a ese menú: el consumo de mosquitos, cuyas larvas se recolectaban probablemente de los cadáveres de animales abandonados en áreas pantanosas.¡Guácala!
¿Y por qué los neandertales comían
bichos como los mexicanos contemporáneos y nuestros ancestros europeos no? La
respuesta no está en la cultura, sino escrita en nuestros genes. Los insectos
están recubiertos de quitina, un polisacárido durísimo que forma una especie de
'armadura' biológica en su exoesqueleto. Y para digerirla sin dañar el
estómago, el ser humano necesita fabricar unas 'tijeras químicas' muy
concretas: las enzimas quitinasa ácida y quitobiasa. A través de complejas técnicas
de metagenómica, el equipo de científicos logró 'sentarse a la mesa'
del Pleistoceno usando el sarro dental como una cápsula del tiempo microscópica
Los científicos descubrieron que las
poblaciones sapiens prehistóricas (y modernas) de Eurasia no tenían las
mutaciones necesarias para producir estas enzimas de forma eficiente. En
cambio, los neandertales, y también el enigmático homínido siberiano de
Denisova, sí contaban con un genoma capaz de asimilar ese alimento. Como señala
el propio Pablo Librado: «La escasa
presencia de insectos en la dieta del norte de Eurasia sugiere que la ausencia
de entomofagia no responde únicamente a factores culturales, sino también a una
larga historia ecológica y evolutiva». En el fondo, todo se resume en
términos de eficiencia energética. Al trazar el mapa mundial del genoma humano,
a medida que nos acercamos al trópico las poblaciones conservan intacta esta
capacidad enzimática. Manuel Piñero lo explica con total claridad: «Es necesario ingerir grandes cantidades de
insectos para compensar el elevado gasto calórico que implica su recolección.
En el trópico hay una mayor disponibilidad de insectos sociales, como termitas
y hormigas: su biomasa y diversidad permiten una explotación sostenible durante
todo el año, que incluso contribuye al control de plagas».
A diferencia de los 'sapiens', la
ingesta de moscas y mosquitos entre los neandertales era tan abundante que
resulta comparable a la de los chimpancés de la sabana africana actual. En los
fríos y duros parajes de la Europa paleolítica, cazar moscas una a una, no era
un 'negocio'. De manera que esa repulsión instintiva que hoy sentimos en
occidente ante la idea de llevarnos un insecto a la boca no es un simple
remilgo cultural moderno. Es el eco lejano de un instinto forjado durante
decenas de miles de años de adaptación al frío. El procesado industrial moderno
nos permitirá hoy aprovechar su valor nutricional sin necesidad de lidiar con
su dura digestión. Un capricho evolutivo que, nos guste o no, terminará por
devolvernos a una dieta que nuestros más lejanos tatarabuelos descartaron en la
noche de los tiempos.
En Maracaibo, el viernes 21 de agosto del año 2026
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