sábado, 16 de mayo de 2020

Hemoglobinas



Hemoglobinas
Hoy voy a relatar algo que creo nadie conoce, porque resulta ser una vivencia personal. Hablaré de cuando me tocó por suerte conocer al mítico doctor Arnoldo Gabaldón. Sí, el doctor del paludismo y del dicloro-difenil-tricloroetano. Nada más y nada menos que el doctor Gabaldón, quien para mi sorpresa, me avisaron un día, que él quería hablar conmigo y debería acercarme a su oficina en el Instituto de Higiene Rafael Rangel, en la ciudad universitaria de Caracas. 

Eran los años cuando ya en Caracas utilizaba a diario el microscopio electrónico (ME) insistiendo en su aplicación en todo cuanto me pasaba por delante. Desde Maracaibo entre 1969 a 1975 con aquel instrumento venía preconizando su uso para hacer investigación y hablar machaconamente sobre “la patología ultraestructural”. En aquellos días iniciándose la década de los 80, había observado varios casos de autopsias donde se pensaba en hepatitis y en otros diagnósticos, pero resultaban ser casos de paludismo. Sobre la premisa de la confianza que me daba el ME, me habían remitido muestras de un hígado de un niño fallecido en los Valles del Tuy y tras mirar la muestra con el ME, concluiría que era paludismo y además, que la enfermedad había sido provocada por un plasmodium malarie

Los Valles del Tuy no era una zona de paludismo endémico y de allí la razón por la que el doctor Gabaldón, reconocido por su lucha contra la malaria en Venezuela, el mismo que entre 1950 y 1960 había protagonizado la primera campaña nacional en el mundo contra el paludismo mediante la utilización del DDT que hizo a Venezuela, mundialmente famosa por ser el primer país que erradicaba totalmente la malaria, (ahora, tristemente regresamos a estar repletos de enfermo palúdicos). Con gran curiosidad, el propio doctor Gabaldón me llamaba y debería darle las explicaciones de rigor sobre mi diagnóstico, o mejor, sobre lo que me decía el ME.

Pero, el título de esta crónica dice “hemoglobina” y es que lo que les contaré tiene que ver con los glóbulos rojos que son los vehículos donde viajan los plasmodios, sean esporozoitos o más probablemente merozoitos de Vivax, Falciparum, o Malarie, cuando inoculados por un zancudo provocan las fiebres palúdicas en los enfermos. Sobre este proceso, que se da tanto en el humano como en el zancudo Anófeles, ya conversamos en este blog y me parece que puede valer la pena regresar al artículo publicado en abril 2018 (https://bit.ly/35ZLXCj)


Hacía varios años que sabíamos que los eritrocitos dejan de ser redondos y toman la arquitectura ovalada de un plátano (“camburcitos” les decíamos mirando las preparaciones microscópicas de casos de autopsias con los residentes) y sabíamos que estábamos ante ese fenómeno cuando la hemoglobina que transportan es “S”, y el ME nos la mostraba como cristales dentro de los eritrocitos (ver imagen del ME en uno de nuestros casos) que adoptaban microscópicamente la apariencia de plátano, modificando su forma de eritrocitos redondos a camburcitos. En enfermos palúdicos, aquellos cristales de hemoglobina S, no le dejarían espacio para los plasmodios... ¿Sería esto de la hemoglobina S una ventaja? Así me lo preguntaba yo… Ahora lo sé, pero mejor lo conversamos en otra ocasión…

Hace unos días, pude ver en Facebook una conferencia ofrecida en 2012 por mi estimado maestro el doctor Rafael Muci Mendoza con el juicio crítico al trabajo de incorporación a la Academia de Medicina del doctor José María Guevara Iribarren, titulada ¨Desarrollo del Estudio de las Hemoglobinas Anormales en Venezuela¨, y recordé los “camburcitos”, el paludismo y la visita al doctor Gabaldón, pero también vino a mi mente la isla de Toas en la salida del Lago de Maracaibo cuando se abre a través de “La Barra” al Golfo de Venezuela... I es que desde los estudios realizados por Núñez Montíel y col., en los años 1962 y 1979, y luego por Lennie Pineda y Lisbeth Borjas publicados en  Investigación Clínica (27: 5·14) en 1986, se conoce que Toas representa una de las poblaciones que con mayor frecuencia padecen de hemoglobinopatia S en el país, y por consiguiente, de casos con anemia de células falciformes. En Toas, no hay paludismo, afortunadamente…


Pero me desvié de lo relataba sobre la visita al maestro doctor Gabaldón, a quien le mostré las fotografías de los glóbulos rojos (que no eran camburcitos, pues el paciente no mostraba su hemoglobina S cristalizada), pero los eritrocitos en aquel material procesado de una autopsia, mostraban los parásitos en su interior, y aprovecho para mostrar dos fotos de este caso (-ver-). Existía además, un peculiar detalle que solo se observa con el plasmodium malarie, unos depósitos de material electrón denso en la cara interna de la membrana de los glóbulos rojos. Esa era la explicación de lo observado con el ME, y el doctor Gabaldón me agradeció por la visita y poder examinar aquellas imágenes ultraestructurales. Lo cierto es que a muy corto plazo, la investigación epidemiológica rastrearía al inocente culpable: un vecino de la casa que viajaba como camionero al Callao y había regresado con paludismo unos días antes y uno de los zancudos que le había extraído su sangre les picó a los hermanitos en la casa vecina y originó los casos mortales de aquella supuesta hepatitis.

Aquí le pongo punto final a este relato que en otra ocasión, espero complementar con algo más sobre el paludismo y los “cambures microscópicos” de los venezolanos con anemia o con rasgo drepanocítico.

Maracaibo, sábado 17 de mayo, del 2020

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