lunes, 11 de mayo de 2020

La Nevería, en 1890.


La Nevería, en 1890.

A las seis de la tarde de ese día de junio del año 1890, la brisa del lago llega fresca y trae hasta el oído de los cinco hombres el murmullo acompasado y repetitivo de los marullos, mientras el vaivén sonoro de las palmeras pareciera colarse entre los barrotes de las ventanas pintadas de colores vivos, se adhiere a las paredes encaladas y como un eco se filtra entre los postigos de las puertas de agua, silba en la romanillas y penetra remolón hasta lo más profundo de los umbríos zaguanes. Es un resonar susurrante que se deja sentir en el aire impregnándolo todo con un olor a peces y a sal, quizás proveniente del mar tan lejano. Un suspirar de recuerdos se agita en el aura vespertina que envuelve a los hombres vestidos de dril blanco, con sombreros de fieltro gris y negro, con corbatas negras largas y de lazo.

Ellos desde hace ya un rato, vienen conversando en voz baja, y han llegado a pie, por el enlozado que conduce hacia la Nevería. De momento se percibe el acento extranjero en la voz de quien habla, pero al llegar a la esquina, todos hacen silencio y se quedan mudos, extasiados frente al lago que refleja el incendio del atardecer. Los hombres se dejan ir envolviendo en un halo de naranjas pasadas mientras el sol se esconde detrás de unas piraguas. El astro rey se quiere ocultar centelleando entre varias canoas de pescadores y a medida que su luz se apaga, a las seis de la tarde de ese día de junio, en lo alto cambian las nubes magenta hacia el gris sucio y no obstante frente a ellos, en la otra orilla todavía se ven nítidas las casas blancas y la iglesia de Los Puertos de Altagracia. Carlos comenta en voz baja que le parece un incendio en el cielo cuando se llena así, de arreboles, y Eduardo, el alemán colorado, asiente, mientras coloca su mano cubierta de vello rubio sobre el hombro de Nemesio y le dice. Vamos pues…

Entonces, los cinco hombres se miran y como si respondieran a una señal convenida, y dirigen sus pasos hacia el botiquín de don Ángel María Araujo, situado frente a los almacenes de la casa Beckman. Sobre las aguas del lago, allí mismo es donde está la Nevería. Unida a tierra por un puente bordeado por una frágil barandilla de tablitas pintadas de blanco y rojo, el botiquín del señor Araujo es el mejor sitio para refrescarse al final del día en la ciudad amada y fustigada por el sol.  Así, hasta el malecón llegan los cinco hombres vestidos de dril blanco y uno a uno caminan por el puentecillo y rodean el mostrador de madera con vista al lago hasta ubicarse en las sillas de lona que estratégicamente parecen estar esperando por ellos. Los cinco comerciantes de la ciudad del lago y las palmeras finalizarán el día de trabajo refrescándose con la cerveza pilsen helada que despacha el señor Araujo desde la rotonda de la Nevería.

En el mostrador circular ya están instalados varios clientes, asiduos del pintoresco botiquín, listos para discutir los temas del día. Los cinco de dril parecen interesarse poco en la conversación de los parroquianos sobre las apetencias de algunos ciudadanos de la localidad para participar en la conducción de los destinos del Estado. Ellos, los comerciantes, discuten más a menudo sobre precios, de sus negocios, sus familiares y sus proyectos. Los dos alemanes ya asimilados a las costumbres locales, añorando su tierra lejana, en ocasiones relatan algunas vivencias de su niñez en Europa, ellos no son amigos de intervenir en asuntos políticos. Los criollos, grandes admiradores del espíritu emprendedor de los jóvenes teutones, han aprendido lenguaradas de alemán.

Con la llegada de los rubios comerciantes la ciudad había tomado un auge progresista y mucha gente sentía que se estaba viviendo un proceso importante en el desarrollo de la región, sobre todo, especialmente desde un par de meses antes, cuando un decreto del presidente Andueza Palacios, le había devuelto al Zulia su carácter de Estado soberano. Era que estuvo fusionado con Falcón desde el 18 de mayo de 1881. Al Zulia, se le había asignado por capital un pueblo árido y olvidado en la geografía del vecino estado Falcón: Capatárida. Ahora, de nuevo, Maracaibo retomaba su puesto como capital del Estado y un general, don Ramón Ayala, había sido nombrado recientemente presidente del Estado. Con el transcurrir de las horas, los cinco hombres de dril terminarían hablando de política como todos los demás contertulios de la Nevería.

-Esta, la del general Ayala será una presidencia muy provisional. José Jugo lo dijo mirando hacia los lados y bajando la voz como si quisiera que tan solo sus amigos conocieran su opinión. - ¿Providencial? Era el señor Beckman quien preguntaba y al comprender su error se rio diciéndole a sus amigos.-Providencia, presidencia, paciencia. Todos van a tener que tiener mucha paciencia y mucha esperar para ver que pasa. Arrastraba las erres el comerciante tudesco. Haciendo un signo negativo con la cabeza, su coterráneo Eduardo von Jess lo interrumpió dirgiéndose especialmente a sus amigos marabinos. -Cuando yo me vine de Hamburgo a esta tierra, el año mil ochocientos sesenta y tres, yo no tenía ni veinte años. Desde que llegué no he hecho más que trabajar, primero con Minlos Breuer y desde ese mismo año, haciendo buenos negocios ahora soy ya socio de la firma. Yo no he necesitado nunca a la política para mejorar en el comercio, por eso yo no discuto de esas cosas, no me meto en cosas que uno no sabe, a mí la política no migusta. ¿Mientienden?

Nemesio quiso intervenir para aclarar una duda. -Pronto será usted gerente de la firma, eso me dijeron. ¿Es eso verdad Eduardo?  -Sí, así lo espero, muy pronto si Dios lo quiere mi querrido amigo Nemesio. El joven Jugo se acomodó en su silla sonriente y decidido a exponerle sus puntos de vista al alemán. -Yo entiendo lo que usted me dice amigo von Jess, pero creo que la situación que vivimos en el Estado es novedosa y la política va a modificar algunas cosas que van a mejorar nuestros negocios. En ese momento lo interrumpió el joven Carlos García quien sentado en la silla de loneta disimulaba su corta estatura con su agudo tono de voz. -Mire usted Eduardo, creo que hace bien en no meterse en política, yo lo apoyo, pero sin lugar a dudas el saber que Guzmán Blanco no volverá a la presidencia de la República, debe regocijarnos a todos los zulianos. No es cualquier cosa habernos sacudido ya, nada menos que, ¡al Ilustre Americano! Observe a los parroquianos, escúchelos, oiga lo que dicen todos...

A través de los visillos pintados de blanco las líneas anaranjadas ya habían desaparecido en el firmamento y en el lago solo se veían algunos destellos de luz proveniente de lámparas de carburo en algunas piraguas. Paladeando la cerveza helada los hombres alrededor de la rotonda de la Nevería todavía discuten temas políticos. Carlos García le apunta a sus amigos desde su silla de loneta en una esquina del botiquín. -Todos hablan del doctor Bustamante, nuestro adalid contra el centralismo guzmancista. -Es mejor como cirujano que como político, eso lo ha demostrado con creces. Era Nemesio quien así comentaba y si hace pausa prosiguió. -Por eso hasta el año pasado estaba exiliado, dense cuenta amigos que, esas son las dificultades de la política, ¿no les parece?

-¡Esa es la cosa mala de ser político! ¡Se fija Nemesio Jugo! Era Eduardo Beckman quien lo interpelaba pero pronto fue silenciado por la voz tronante del doctor Finol quien desde el mostrador improvisaba emocionado para sus compañeros parroquianos un discurso de brillante retórica. -Si Bustamante no hubiese estado en la Comisión del Senado que redactó la Ley que nos rige y nos defiende, no fuésemos ahora un Estado soberano, continuaríamos viviendo como un apéndice del estado Falcón, no tendríamos de vuelta a nuestra querida ciudad capital, no existiría Maracaibo, por el contrario, tendríamos que conformarnos con una capital llena de chivos en una tierra olvidada de Dios y de todos los gobiernos de este país. Uno de los contertulios de mayor edad interrumpió la arenga acotando en voz alta, -Yo que se lo digo, doctor Finol, si Bustamante no regresa el año pasado y nos defiende como lo hizo, no sé que habría sido de nosotros. Otro de los hombres quien lucía un sombrero de pajilla expresó enfático. -Vos lo que sois es un exagerado Marco Tulio, porque todos estamos conscientes de que con la llegada de Rojas Paúl al poder ya la situación del Zulia comenzaba a mejorar y si no, que me lo refute el doctor López Baralt. Díganos usted cuál es su impresión. Usted que es también un galeno como Finol y como Bustamante…

Atusándose el bigote el doctor López Baralt se puso de pie, carraspeó mirando a su alrededor y respondió con su entonación de voz que era característica.. -Ciertamente amigos, pero debo decirles que ya con Bustamante en Maracaibo todo ha cambiado, debo señalar que nosotros nos estamos ocupando del surgimiento de nuestra región, y vamos a continuar mejorándola. Ahora somos otra vez el Estado Zulia y tenemos que continuar por esta senda de trabajo y de progreso, aunque no lo quieran reconocer los políticos del Centro, nosotros les obligaremos, y llevaremos al Senado a Bustamante, él será nuestro representante y ya verán como el próximo paso será abrir nuestra Universidad. Pueden estar ustedes seguros de una cosa, los tiempos del guzmancismo se acabaron, no volverán. -Nunca creáis en las palabras de políticos. Carlos García proverbial y escéptico, se lo dijo en el oído a su amigo y coterráneo el joven Nemesio Jugo...

El texto con mínimos cambios es extraído de mi novela “La Entropía Tropical” (Maracaibo, Ediluz, 2003).
Maracaibo, lunes 11 de abril, 2020.

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