sábado, 23 de mayo de 2020

Don César… (1)


Don César… (1)
Un relato dividido en dos partes, sobre el Maracaibo de ayer y sus personajes…

Fue en aquellos tiempos ya idos, en los días del comercio de café entre Maracaibo y los Estados Mérida y Trujillo… Él recuerda a su tío, cuando se apersonaba en la casa... Era una de tantas tardes calurosas, en su pueblo eternamente olvidado de Dios, y así fue como César se encontró otra vez soñando con la Sabana de Mendoza y las tierras que se extienden hasta el lago, con sus montañas bajas, llenas de piedras blancas y arenisca bermeja. Entonces a él le pareció volver a ver la enteca figura de su tío Arquímedes sobre la mula rucia...

Seguro estaba, que fue ese mismo día cuando él le oyó hablar por primera vez de los alemanes. En boca de su tío, escuchó las maravillas del trabajo incansable que ejecutaban unos hombres a quien su tío denominaba, los teutones de Maracaibo. Su tío, era un eterno viajero trashumante… Había venido un día muy lejano desde la ciudad del lago para conversar con su padre sobre negocios nunca efectuados, para invitarlo a regresar a aquella ciudad del fuego, la del lago de cristal, y para hablarle interminablemente acerca de historias de esperanzas idas o de oportunidades muy lejanas, que él según decía, aún estaban vivas. Eran prolongadas conversaciones, mientras asentados en sendos taburetes de cuero de chivo, tal vez esperaban enderezar el destino.

César escuchaba hablar a los hombres sobre tantas cosas inalcanzables cuantas podrían existir para los habitantes de aquel, puñado de casas grises y de calles de tierra, adornadas por cochinos, perros y gallinas, donde sólo existía algo de verdor gracias a las aguas cercanas de un arroyuelo afluente del Motatán, el gran río, donde lavaban la ropa las mujeres, entre las aguas claras, llenas de gigantescas piedras blancas como huevos de dinosaurio. Allí aprendió César a crecer y a leer, en el regazo de su madre, rodeado por sus hermanos, viendo a su padre trabajar de sol a sol en el campo. Allí supo, oyendo las historias de su tío Arquímedes, sobre quienes eran los alemanes de Maracaibo.

Cuando el viento del sur infló las velas y se llevó al joven César, sobre el agua, en la piragua “Luisa Cecilia”, ese habría de ser para él un acontecimiento crucial. En la piragüita de plátanos llegaría hasta las playas marabinas y de la mano de su tío Arquímedes conocería la ciudad de las palmeras. Muy lejos quedaría su madre, sus pequeños hermanos y su padre, quien meses antes descendiera en una caja de madera hasta el fondo de una fosa profunda. Atrás quedó la mirada de su viejo tiritando por las fiebres palúdicas y su madre, rodeada siempre de pequeñuelos. El recuerdo de las paladas de tierra polvorienta, cubriendo poco a poco la fosa del cementerio del pueblo, ante un cura de sotana raída, en una tarde con el cielo encapotado de gris y lleno de tristes nubes sucias; todo quedó atrás para César. La brisa de la mañana con los marullos del lago acariciando el casco de la piragua “Luisa Cecilia”, parecieron lavar en su rostro todos aquellos ingratos recuerdos.

César cruzó la Plaza Baralt y ya en la calle Colón divisó los altos arcos de la Casa Blohm. Entre los transeúntes que convergían tempraneros hacia el mercado, se sintió desvalido por unos segundos. Esforzándose, se llenó de bríos, levantó el rostro y avanzó de frente a encontrarse con cualquier cosa que el destino le tuviera preparada. César desde su sillón con los ojos entornados recordó la mirada del señor Behnke. Desde lo alto el gigante rubio lo escrutaba cuando creyó oírse él mismo decir con un hilito de voz. Soy César Cuello a sus gratas órdenes señor. El alemán observó con benevolencia la esmirriada humanidad de aquel muchacho sobrino de Arquímedes Cuello, el agente viajero ejemplar de Blohm. Después le sonrió. 

Todo eso fue en un principio, pues ya a la edad de dieciocho años, César Cuello se había transformado en otro activo agente viajero de la afamada Casa Blohm. Desde esa época, la cual César siempre asociaba a la muerte de su tía Aminta, todo comenzaría a cambiar en el Zulia. El 14 de Diciembre en La Rosa de Cabimas, el pozo “Barroso Número 2” haría erupción y pautaría el inicio de la explotación petrolera. Este hecho vendría a modificar el comercio de la región y la vida toda del país, para siempre. Al principio, él iba a visitar, en compañía del señor Hamman, los recién fundados campos petroleros de la Paz y La Concepción, para ampliar las ventas de Blohm. Luego volvería a sus viajes por los Andes y las tierras del sur del lago, donde comenzaron todos a conocerle como, el compañero del alemán, mister Hamman, y muy pronto como, mister Cuellio.

Como él no aparentaba la mocedad de sus años, comenzó a viajar solo y en pocos meses era el portador de los encargos más importantes de los alemanes. Él llevaba las encomiendas de mayor responsabilidad y en unos años pasó a ser un joven de gran valor para los enlaces comerciales de la Casa Blohm. Con un bozo poblado sobre su delgado labio superior, César se transformó en un personaje conocido de todos. Habría adquirido por su propio interés y su constancia, durante el curso de las largas noches en sus viajes, las nociones de inglés y de alemán que lo capacitaban para hacerse entender por los musiues y los maifrenes en sus propias lenguas. En las piraguas y sobre el lomo de las mulas leía todo el tiempo y muy pronto aprendió a conocer a su gente: a los marineros, y a los pilotos, los caleteros, los trujillanos, los corianos, los merideños o los tachirenses, la idiosincrasia de los mestizos e indígenas, de los recolectores de caña y de café, de los mulatos y los negros de Gibraltar y de Bobures. Él sabía de pendencieros y de tramposos, de tontos y de vivos, a quién debía y a quién no debía tratar y sobre todo como escurrir el bulto para evitar problemas con Jefes Civiles, con policías de peinilla y con camorristas profesionales.

César sabía cuándo darse a conocer y como engatusar a los Presidentes de Estado. Su habilidad personal le había granjeado la amistad de mucha gente y siendo aún un joven y eficiente viajero de Blohm, comprendió muy pronto la importancia del petróleo. Presto se ofreció para servir de enlace como mensajero, entre Los Andes y Maracaibo, para la Caribbean Petroleum Company y luego para la Standard Oil Company. En poco tiempo la amistad con los americanos y su inglés cada vez más perfeccionado lo llevó a introducirse en el comercio de vehículos automotores y en la venta de repuestos que estaba en manos de las casas comerciales Sosa Altuna Company y El Automóvil Universal y Sucs.

En el año 1926 la llegada al poder en la presidencia del Estado del General Vicencio Pérez Soto contribuiría a mejorar su situación. A César le costó poco esfuerzo el montar su negocio propio. Era una especie de venta de neumáticos, de piezas automotores y de ferretería. Gracias a sus estrechos vínculos con los agentes aduanales progresó rápidamente, sin pasar apuros durante la grave recesión económica que azotó al mundo por aquellos años. Él estaba abastecido y además con su trabajo próspero, ayudaba a su familia y a muchos amigos y clientes, quienes gozaban de un excelente servicio de ferretería y repuestos para los maracaiberos y los interesados de varios Estados vecinos. 

El 18 de Octubre de 1929, César Cuello con solo veinticinco años de edad era ya un floreciente empresario privado, miembro de la Cámara de Comercio de la ciudad capital del Estado. Le tocó a él, ser uno de los organizadores del homenaje que la municipalidad le ofreciera al benemérito General Juan Vicente Gómez para conmemorar la efemérides libertadora. La recepción constituyó todo un éxito y le demostró cómo había adquirido todas las habilidades para moverse en la sociedad marabina, pues a pesar de su origen humilde, el dinero lo estaba levantando como pompa de jabón. En esos años frecuentó el Club del Comercio y comenzó a tener una activa vida social. Su galantería y conocimiento de las gentes lo llevaron muy pronto a contraer matrimonio con una de las hijas del señor Rosell Estrada, familia de origen hebraico, venidos de Curazao, quienes eran dueños de casi todo el comercio de importación de telas así como de todas las farmacias de la ciudad.

Cuando comenzó a tener familia, César pasó a ser conocido entre la gente bien como el señor don César. Sentado cómodamente en su sillón, ahora ojea las viejas fotografías regadas sobre su escritorio. Ha separado un grupo y en una de las cintas escribe con cuidado 1930- 1935. Se retira un poco para ver el efecto de la tinta sobre el verde de la tela y piensa. ¡Cómo han pasado los años! Meticulosamente selecciona una de ellas y lee en el respaldo amarillento. Dieciocho de Abril de mil novecientos treinta y cuatro. Haciendo memoria dice para sí: ese fue un buen año. Recuerdo que ya Clara Rosa había salido de la cuarentena del segundo hijo...
NOTA: Hasta aquí la primera parte de Don César… Continuará y concluirá mañana.
Maracaibo, sábado 23 de mayo, 2020

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