Con el
nombre de “BAR LA LOCA”,
en diciembre del año 2008, se me ocurrió iniciar con ese título, le escritura o
la escribidera, en este blog(lapesteloca).
Si, así mismo fue, y de una manera, dizque “homónima”,
escribiría de lo más sentidamente, una disparatada reláfica, que me imaginé -y
ahora compruebo igualmente-, que estaba llena de calenturientas ideas que
deberían ir cuajándose con los años en sencillos disparates. Así es, y regreso
ahora, 18 años después, -¡y dicen que 20
años no es nada! – En fin, aquí les va: con “minimal changes” (como diría cualquier “trumpista”) sobre este “viejo replay”.
La pared amarilla tenía una franja ocre sobre el enlozado de cemento
pulido que brillaba reluciente con el sol del mediodía. Detrás de ella estaban
los orates, docenas, cientos de ellos. Algunos eran ya viejos locos, presos
allí desde la época cuando era estudiante de Medicina... Aún conservaba vivos los
recuerdos de aquella larga y desquiciante pasantía por el manicomio; curas de
sueño, catatonia espástica, rejas y más rejas, aullidos y excrementos lanzados
una vez contra los bachilleres, en un paroxismo de furia incontrolable.
Cuando escribí todo esto, habían transcurrido meses, de la visita y era
en mi época de estudiante de Medicina, cuando desinteresadamente fui
apasionándome por aquellos extraños seres cautivos, por saber más sobre sus
vidas trágicas, y truncadas, por escuchar sus palabreos y sus curiosas
aproximaciones al mundo de los que estaban afuera. Meses de un diario discurrir
con la locura, para terminar con un temor larvado de mirar escrutando en los
ojos de los demás, miedo por no querer detectar en ellos, en cualquiera, de los
de afuera, las desnudeces del alma
que exhibían ante nosotros, los bachilleres, los pacientes de adentro del manicomio.
Habían
transcurrido muchos meses en la época cuando me había tocado la suerte de irme
poco a poco apasionándose desinteresadamente por aquellos extraños seres
cautivos, con vidas trágicas, truncadas, sus palabreos y sus curiosas
aproximaciones al mundo de los que estaban afuera. Meses de un diario discurrir
sobre la locura para terminar con el temor larvado de mirar a los ojos de los
demás, con miedo a no querer detectar en ellos –los de afuera- las desnudeces
del alma que exhibían ante nosotros los bachilleres, los pacientes del
manicomio. Días de análisis y de silenciosa introspección en la búsqueda de
motivos, de pistas, de interpretaciones para cada caso, o con propuestas que
pudiesen ser similares a las de un Sigmund Freud, para concluir en explicaciones
sobre la herencia, las manías y las depresiones de los más accesibles y aquella
enfermedad incomprensible, la esquizofrenia con sus alucinaciones y los
delirios difíciles de comprender.
Años
de años, habían transcurrido ya, pero las tapias estaban allí todavía, altas,
las mismas paredes pintadas de amarillo chillón, las que separaban los dementes
de adentro de los cuerdos de afuera, ellos y los demás, no son todos los que
están, los que estuvieron, ¿cuantos habrían fallecido?, no estaban allí todos
los que eran, sin duda alguna, entre los de afuera quedarían unos cuantos,
llenos de problemas, de preocupaciones...
Días de análisis y de silenciosa introspección en la búsqueda de
motivos, de pistas, o de interpretaciones para cada quien, en todo caso, para
cada caso, y concluir en explicaciones banales sobre la herencia, las
enfermedades como la sífilis cerebral, sobre las manías y las depresiones de
los más accesibles, no se sabía nada de bipolaridades, ni de medicamentos, pero
siempre la impenetrable sordidez incomprensible de la esquizofrenia, llena de fantasmas
con delirios sin sentido alguno…
Años de años, habían transcurrido y las tapias estaban allí todavía,
altas, las mismas paredes pintadas de amarillo, que separaban los dementes de
adentro de los cuerdos de afuera, ellos y los demás, todos los que están, los
que estuvieron, y… ¿Cuántos habrían fallecido? No estaban allí todos los que
eran, sin duda alguna -no son todos los que están-, y entre los de afuera
quedarían unos cuantos, -no están todos los que son-, esos, ¡tantos!, y
nosotros, llenos de problemas, de preocupaciones...
Muchos años atrás, como en una máquina del tiempo, allí estaban las
mismas tapias amarillas, ya existía el manicomio con sus calles de arena y el
viento cálido iría soplando nubes de polvo, en las inmediaciones del matadero
municipal, el edificio era siniestro, algo casi sangriento, rodeado de zamuros
que parecían esperar olisqueando el vaho de la carroña, desde el techo, como
cuervos en la cornisa, pero también se les veía formando hileras sobre el borde
de la cerca del manicomio, eran zamuros.
¿Quizás esperanzados por la carroña de alguien de allá adentro? Ahora,
ante el incandescente resplandor de las tapias, y desde la barra, me encontraba
sentado ante una botella de cerveza helada y escuchaba en la rockola un tango,
con aquello de, “descolado un mueble
viejo y no tengas esperanzas en tu pobre corazón” y la música trajo a mi
mente, la enteca figura de Akai Ishida... Son cosas locas, me dije y sonreí al
recordar a los japoneses y la perrera de la policía frente a aquel botiquín en
Altamira, en plena capital de la República.
Muy
lejos estábamos todos del sol de la ciudad del lago y los palmares y del
manicomio con sus altas tapias... Por aquellas trillas de arena, en el
automóvil Chysler, del año 48, mi padre me llevaba, con mis hermanos, a oír a
los locos. Ocurría todo aquello, casi siempre los sábados por la tarde, casi
anocheciendo y todos nos mirábamos con temor adivinando cosas al escuchar los
alaridos de allá adentro. Era un ritual mágico, un juego, que servía para
estimular nuestra imaginación y a mí, con mis hermanos nos provocaba un larvado
terror. La diversión era una costumbre establecida por mi padre, un paseo que
durante años él mismo había repetido, desde sus tiempos de mozo marabino, a
comienzos del siglo XX, iniciándose en el comercio, en su “cucarachita plateada”, un pequeño auto DeSoto, de cuando llevaba a
pasear a sus amigas por las tardes y en las noches de luna, tan solo para oír
los alaridos tras las tapias, y ellas aterrorizadas, o muertas de la risa,
abrazaban al galante protector y risueño, quien las protegía con apasionadas
caricias.
Me hallaba bebiendo whisky -seguramente yodificado- pero que ellos
decían estaba “ontoni oishi” e iban todos coreando, ¡campai, campai!... Era
un ambiente extraño, para mi, sin duda. Las cosas cambiaban con los tiempos...
Los paseos con mi padre alrededor del manicomio eran las máximas emociones muy
lejanas, pero aquellos eran tiempos del tranvía de mulas, cuando el
psiquiátrico era una prisión rodeada de arena por todas partes en el vecindario
del matadero, con zamuros salpicando el cielo y algún buchón, o unas gaviotas
desperdigadas, pues un poco más allá, estaba el muelle, con las aguas del lago
chapoteando, en el mismo sitio donde una vez llegó en un hidroavión el Águila
Solitaria. ¡Eran recuerdos olvidados! Más perdidos que el propio hijo del
Águila misma. Fundidos ya por el calor y el sol, en la maraña de las neuronas
de algunos habitantes de la ciudad de las palmas y del lago...
En el Bar “La Loca”, me encontraba sentado ante una cervecita
helada mientras recordaba el humo, los efluvios del alcohol, y a mis nuevos
amigos nipones con la aglomeración de la gente que quería ver de cerca el show
en aquella noche mientras nos íbamos impregnando de pachulí, en una humedad
mohosa con olor a aguardiente adulterado.
NOTA: vamos a continuar esta
historia mañana y les prometo terminarla mañana mismo.
Maracaibo, el domingo 28 de junio del año 2026
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