domingo, 28 de junio de 2026

Recuerdos en La Loca, bar…(1)


Con el nombre de “BAR LA LOCA”, en diciembre del año 2008, se me ocurrió iniciar con ese título, le escritura o la escribidera, en este blog(lapesteloca). Si, así mismo fue, y de una manera, dizque “homónima”, escribiría de lo más sentidamente, una disparatada reláfica, que me imaginé -y ahora compruebo igualmente-, que estaba llena de calenturientas ideas que deberían ir cuajándose con los años en sencillos disparates. Así es, y regreso ahora, 18 años después, -¡y dicen que 20 años no es nada! – En fin, aquí les va: con “minimal changes” (como diría cualquier “trumpista”) sobre este “viejo replay”.

La pared amarilla tenía una franja ocre sobre el enlozado de cemento pulido que brillaba reluciente con el sol del mediodía. Detrás de ella estaban los orates, docenas, cientos de ellos. Algunos eran ya viejos locos, presos allí desde la época cuando era estudiante de Medicina... Aún conservaba vivos los recuerdos de aquella larga y desquiciante pasantía por el manicomio; curas de sueño, catatonia espástica, rejas y más rejas, aullidos y excrementos lanzados una vez contra los bachilleres, en un paroxismo de furia incontrolable.

Cuando escribí todo esto, habían transcurrido meses, de la visita y era en mi época de estudiante de Medicina, cuando desinteresadamente fui apasionándome por aquellos extraños seres cautivos, por saber más sobre sus vidas trágicas, y truncadas, por escuchar sus palabreos y sus curiosas aproximaciones al mundo de los que estaban afuera. Meses de un diario discurrir con la locura, para terminar con un temor larvado de mirar escrutando en los ojos de los demás, miedo por no querer detectar en ellos, en cualquiera, de los de afuera, las desnudeces del alma que exhibían ante nosotros, los bachilleres, los pacientes de adentro del manicomio.

Habían transcurrido muchos meses en la época cuando me había tocado la suerte de irme poco a poco apasionándose desinteresadamente por aquellos extraños seres cautivos, con vidas trágicas, truncadas, sus palabreos y sus curiosas aproximaciones al mundo de los que estaban afuera. Meses de un diario discurrir sobre la locura para terminar con el temor larvado de mirar a los ojos de los demás, con miedo a no querer detectar en ellos –los de afuera- las desnudeces del alma que exhibían ante nosotros los bachilleres, los pacientes del manicomio. Días de análisis y de silenciosa introspección en la búsqueda de motivos, de pistas, de interpretaciones para cada caso, o con propuestas que pudiesen ser similares a las de un Sigmund Freud, para concluir en explicaciones sobre la herencia, las manías y las depresiones de los más accesibles y aquella enfermedad incomprensible, la esquizofrenia con sus alucinaciones y los delirios difíciles de comprender.

Años de años, habían transcurrido ya, pero las tapias estaban allí todavía, altas, las mismas paredes pintadas de amarillo chillón, las que separaban los dementes de adentro de los cuerdos de afuera, ellos y los demás, no son todos los que están, los que estuvieron, ¿cuantos habrían fallecido?, no estaban allí todos los que eran, sin duda alguna, entre los de afuera quedarían unos cuantos, llenos de problemas, de preocupaciones... 

Días de análisis y de silenciosa introspección en la búsqueda de motivos, de pistas, o de interpretaciones para cada quien, en todo caso, para cada caso, y concluir en explicaciones banales sobre la herencia, las enfermedades como la sífilis cerebral, sobre las manías y las depresiones de los más accesibles, no se sabía nada de bipolaridades, ni de medicamentos, pero siempre la impenetrable sordidez incomprensible de la esquizofrenia, llena de fantasmas con delirios sin sentido alguno…

Años de años, habían transcurrido y las tapias estaban allí todavía, altas, las mismas paredes pintadas de amarillo, que separaban los dementes de adentro de los cuerdos de afuera, ellos y los demás, todos los que están, los que estuvieron, y… ¿Cuántos habrían fallecido? No estaban allí todos los que eran, sin duda alguna -no son todos los que están-, y entre los de afuera quedarían unos cuantos, -no están todos los que son-, esos, ¡tantos!, y nosotros, llenos de problemas, de preocupaciones... 

Muchos años atrás, como en una máquina del tiempo, allí estaban las mismas tapias amarillas, ya existía el manicomio con sus calles de arena y el viento cálido iría soplando nubes de polvo, en las inmediaciones del matadero municipal, el edificio era siniestro, algo casi sangriento, rodeado de zamuros que parecían esperar olisqueando el vaho de la carroña, desde el techo, como cuervos en la cornisa, pero también se les veía formando hileras sobre el borde de la cerca del manicomio, eran zamuros.  ¿Quizás esperanzados por la carroña de alguien de allá adentro? Ahora, ante el incandescente resplandor de las tapias, y desde la barra, me encontraba sentado ante una botella de cerveza helada y escuchaba en la rockola un tango, con aquello de, “descolado un mueble viejo y no tengas esperanzas en tu pobre corazón” y la música trajo a mi mente, la enteca figura de Akai Ishida... Son cosas locas, me dije y sonreí al recordar a los japoneses y la perrera de la policía frente a aquel botiquín en Altamira, en plena capital de la República.

Muy lejos estábamos todos del sol de la ciudad del lago y los palmares y del manicomio con sus altas tapias... Por aquellas trillas de arena, en el automóvil Chysler, del año 48, mi padre me llevaba, con mis hermanos, a oír a los locos. Ocurría todo aquello, casi siempre los sábados por la tarde, casi anocheciendo y todos nos mirábamos con temor adivinando cosas al escuchar los alaridos de allá adentro. Era un ritual mágico, un juego, que servía para estimular nuestra imaginación y a mí, con mis hermanos nos provocaba un larvado terror. La diversión era una costumbre establecida por mi padre, un paseo que durante años él mismo había repetido, desde sus tiempos de mozo marabino, a comienzos del siglo XX, iniciándose en el comercio, en su “cucarachita plateada”, un pequeño auto DeSoto, de cuando llevaba a pasear a sus amigas por las tardes y en las noches de luna, tan solo para oír los alaridos tras las tapias, y ellas aterrorizadas, o muertas de la risa, abrazaban al galante protector y risueño, quien las protegía con apasionadas caricias.

Akai des ka, kom ban guá, arigato gozaimas, ahhhiss. Disparatadas lenguaradas llegaban con los recuerdos a mi conciencia. El negocio era pequeño, parecía tener más ficheras que sillas, y había también como en “el bar La Loca”, una rockola gigante. Yo estaba en la capital. Había sido invitado por los señores Ishida, Nakamura y Watanabe para negociar la adquisición de un equipo científico sofisticado y así, sofisticados parecían ser mis nuevos amigos nipones. Después de cenar pescado crudo, lame, beber sake y comer espaguetis japoneses, ellos habían decidido llevarme a ver un strip-tease en aquel socavón de luces rojas y azules, cerca de la plaza de Altamira…

Me hallaba bebiendo whisky -seguramente yodificado- pero que ellos decían estaba “ontoni oishi” e iban todos coreando, ¡campai, campai!... Era un ambiente extraño, para mi, sin duda. Las cosas cambiaban con los tiempos... Los paseos con mi padre alrededor del manicomio eran las máximas emociones muy lejanas, pero aquellos eran tiempos del tranvía de mulas, cuando el psiquiátrico era una prisión rodeada de arena por todas partes en el vecindario del matadero, con zamuros salpicando el cielo y algún buchón, o unas gaviotas desperdigadas, pues un poco más allá, estaba el muelle, con las aguas del lago chapoteando, en el mismo sitio donde una vez llegó en un hidroavión el Águila Solitaria. ¡Eran recuerdos olvidados! Más perdidos que el propio hijo del Águila misma. Fundidos ya por el calor y el sol, en la maraña de las neuronas de algunos habitantes de la ciudad de las palmas y del lago...

En el Bar “La Loca”, me encontraba sentado ante una cervecita helada mientras recordaba el humo, los efluvios del alcohol, y a mis nuevos amigos nipones con la aglomeración de la gente que quería ver de cerca el show en aquella noche mientras nos íbamos impregnando de pachulí, en una humedad mohosa con olor a aguardiente adulterado.

NOTA: vamos a continuar esta historia mañana y les prometo terminarla mañana mismo.

Maracaibo, el domingo 28 de junio del año 2026

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