sábado, 4 de enero de 2020

Tlatelolco del 68


Tlatelolco del 68

Estas reflexiones sobre una, ya lejana masacre, que por lo cruel y masiva puede que superase las masacres venezolanas (Cantaura, El Amparo, El Junquito, Ikabarú, etc), las traigo acá, al blog, a propósito de un reciente trabajo de Enrique Kraus, reconocido escritor, historiador y editor de la revista Letras Libres en México. Me estoy refiriendo lo sucedido el 2 de octubre de 1968 en la Plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco, en la mera ciudad de México, que acabó de tajo con el movimiento estudiantil de aquel país. Las metas inmediatas del movimiento eran en realidad modestas. Pedían la remoción de jefes de la policía y la derogación de una ley que penaba con cárcel la disidencia política, aunque realmente lo que en el fondo deseaban los estudiantes era libertad de manifestación, de expresión y de crítica. 

Corrían los años sesenta, y la juventud mexicana sentía hallarse, parafraseando a Octavio Paz, en “El laberinto de la soledad”. Habían adoptado  los cambios culturales de la época, desde la música, la vestimenta, el pelo largo y hasta la libertad sexual y la experimentación con drogas, pero ya parecía insoportable el opresivo sistema político del Partido Revolucionario Institucional (PRI), con su retórica vacía y autocomplaciente incapaz de satisfacer las aspiraciones de los jóvenes. Festivos, irreverentes, exaltados, incendiarios, ellos conformaban grupos que llegaron a ser alrededor de 400.000 estudiantes.

Gustavo Díaz Ordaz, era el más autoritario e intolerante de los presidentes de México, quien ante la inminencia de las Olimpiadas Mundiales a inaugurarse el 12 de octubre ese año 68, el presidente, al parecer, estaba convencido de que México se había vuelto el escenario de un complot comunista urdido por el bloque soviético. Los tanques rusos habían aplastado la Primavera de Praga, pero las amenazas del presidente no arredraban a los estudiantes. “Hay que salvar a México”, se repetía Díaz Ordaz pensando en algunos incidentes premonitores; el 22 de julio, una pelea callejera entre muchachos de dos escuelas de educación media con una intervención violenta de la policía; el 30 de julio, el Ejército la policía atacó Escuela Nacional Preparatoria, donde centenares de estudiantes se habían replegado y detuvieron unos cien con algunos heridos, y el primero de agosto, Javier Barros Sierra, rector de la UNAM, encabezó la primera marcha de protesta, a la que le sucederían, todos los eventos ya en desarrollo… 


Así fue como el 2 de octubre, el Ejército había recibido órdenes de disolver el mitin de esa tarde en la Plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco, y el asalto terminaría en un fuego cruzado entre los soldados y ciertos “francotiradores misteriosos” pertenecientes a un grupo paramilitar creado por el gobierno: “El Batallón Olimpia”. Apostados en los edificios contiguos, los militares asesinarían a mansalva a los estudiantes. La metodología resulta muy parecida, casi calcada con lo que sucedió en Venezuela en la marcha a Miraflores con el teniente Chávez en la presidencia… Nadie supo jamás el número de muertos, los francotiradores no tenían una denominación específica y en ambos casos se habló de centenares de muertos y de escenas de horror seguidas de las aprensiones y encarcelamientos, amén de los testimonios de la tortura y otras crueldades, que quedarían impresos en la memoria colectiva hasta el día de hoy, aunque localmente parece como si fuesen fantasmas del pasado y es como si Felix Brito y el capitán Caguaripano, y el diputado Albán, y Oscar Pérez y tantos otros torturados y/o desaparecidos se hubiesen esforzado en vano… 

Para lo de Tlatelolco surgirían varias teorías. México era el único país latinoamericano que se había negado a romper con Castro. La CIA parecía creer en una conspiración fraguada por Cuba. Ya en 1954, el gobierno estadounidense, obsesionado con la Guerra Fría, había acusado de títere soviético a Arbenz en Guatemala al emprender una reforma agraria contraria a los intereses de la United Fruit, y con Castillo Armas, precisamente funcionó algo semejante a la teoría que desvelaba al presidente Díaz Ordaz en México, -y así lo dejaría sentado en sus memorias Biografía del poder-, Díaz Ordaz creía que México estaba “en guerra” y que los estudiantes eran “los contrarios”. ¿Recuerdan a “los escuálidos” y “las cabezas a ser freídas en aceite”?... En aquellos días iniciales de “el proceso”, todos éramos agentes de la CIA, ¿lo recuerdan?... Tras la matanza, de Tlatelolco Díaz Ordaz escribió complacido: “Por fin habían ganado sus ‘muertitos”… En esos años no se ordenaba que les “echaran gas del bueno”, es algo de “la modernidad”… 

Desde 1929, el presidente mexicano nombraba a su sucesor y varios secretarios luchaban a muerte por hacer méritos, así, la verdadera guerra que se libraba en México a finales de los sesenta era la batalla por la sucesión presidencial de 1970. Finalmente ganó Luis Echeverría, quien a los ojos de Díaz Ordaz tenía “más pantalones”; aunque también como es de suponer, era uno de los que alimentaba su paranoia. La única contribución favorable atribuible a la masacre del 68 fue favorecer indirectamente a la libertad de expresión. Echeverría quiso congraciarse con los universitarios dando un “giro retórico” a la izquierda, en julio de 1976 y destituyó a Julio Scherer director del diario Excelsior, pero Scherer fundó “Proceso”, una revista independiente, y Octavio Paz también fundaría “Vuelta,  y en unos años aparecieron diarios como “La Jornada” y después “Reforma”. Tras la derrota del PRI en 2000, la libertad de expresión se consolidó en los medios masivos. Su enemigo actual es la alianza del crimen organizado y los gobiernos locales corruptos y son muchos los periodistas que han caído en la dura lucha por la libertad de expresión.

El arribo de la democracia dio dos victorias sucesivas al PAN (2000 y 2006), devolvió el poder al PRI (en 2012) y finalmente, en julio de 2018, le dio el triunfo al Movimiento de Regeneración Nacional (Morena). Hoy día bajo el mandato de Andrés Manuel López Obrador (AMLO) parecería confirmar el legado de Tlatelolco ya que por primera vez en la historia de México, “la izquierda” (la “así llamada”), ha llegado al poder por la vía democrática. AMLO ha logrado una votación que le da el control del Congreso y de la mayor parte de los congresos estatales, por lo que tiene la vía abierta para modificar la Constitución y dominar al Poder Judicial (“Te pareces tanto a mí”, Juan Gabriel dixit, y muchos lo cantan pensando en “el galáctico”). AMLO tendrá el poder absoluto, como lo tuvieron los presidentes del PRI, incluidos Díaz Ordaz y Echeverría. ¿Qué sucederá?, es la pregunta que allá mismo en México se hace Enrique Krauze… 

Maracaibo, sábado 4 de enero del 2020

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