Un nuevo
estudio genético señala que las primeras células complejas surgieron en un
mundo donde aún no existía el suficiente oxígeno, y esto sucedería mil
quinientos millones de años antes de lo que hasta ahora se creía…
Un nuevo
y exhaustivo estudio genético recién publicado en 'Nature' acaba
de poner en entredicho algunos de los dogmas más arraigados de la biología
evolutiva: las primeras células complejas surgieron mil millones de años antes
de lo que se pensaba. Y lo hicieron, además, en un mundo en el que aún no
existía el suficiente oxígeno.
Hasta
hace bien poco, la ciencia estaba convencida de que la aparición de los
organismos complejos, que con el tiempo dieron lugar a los animales y,
finalmente, a nosotros, sucedió hace relativamente poco tiempo, hace unos 630
millones de años, en un repentino 'estallido' de creatividad biológica. Pero el
nuevo estudio, liderado por la Universidad
de Bristol, nos obliga a reconsiderar una buena parte de esa historia,
pues, al parecer, el camino hacia la complejidad no fue una especie de carrera
fija y segura de la naturaleza, sino un maratón lento, tortuoso y, sobre todo,
extremadamente antiguo. La 'maquinaria' de la vida compleja comenzó a
desarrollarse casi mil millones de años
antes de lo que creíamos, y lo hizo además en unas condiciones que hasta
ahora considerábamos imposibles: en un mundo asfixiante y carente de oxígeno.
Sabemos
a grandes rasgos, que en nuestro planeta existen dos clases distintas de vida.
Por un lado, están los procariotas:
organismos unicelulares sencillos, como las bacterias y las arqueas, que se
distinguen por una característica crucial: no tienen divisiones internas. Su
material genético, en efecto, está disperso por todo su interior, sin
estructuras diferenciadas. Sería como un estudio de una sola habitación:
pequeño, eficiente, pero muy simple. Los procariotas fueron los primeros en
llegar, han estado aquí desde el principio, y se calcula que aparecieron hace más de 4.000 millones de años.
Por otro
lado, están, o estamos: nosotros, los
eucariotas. Este grupo, apareció en la Tierra hace entre 1.500 y 2.000 millones de años, incluye
a las algas, los hongos, las plantas y, por supuesto, a todos los animales,
nosotros entre ellos. Las células eucariotas son inmensamente más sofisticadas.
Si las procariotas son como “un estudio', las células eucariotas son verdaderas
mansiones: tienen habitaciones especializadas (las organelas u orgánulos), un
centro de mando blindado donde se guarda el ADN (el núcleo) y unas centrales
energéticas propias hasta con su ADN propio (las mitocondrias). Sin ellas, la
vida compleja (la de los animales y de las plantas) nunca habría podido
desarrollarse.
El
camino hacia la complejidad fue sino un maratón lento, tortuoso y, sobre todo,
extremadamente antiguo. ¿Cómo y cuándo una simple bacteria dio “el salto” para
convertirse en una célula eucariota mucho más complicada? La teoría clásica nos
decía que esto ocurrió hace 'poco' tiempo (en términos geológicos) y que
previamente fue necesario que la atmósfera se llenara de oxígeno para
suministrar la energía necesaria para ese cambio. Pero los investigadores de
Bristol, junto con colaboradores de la Universidad de Bath y del Instituto de
Okinawa (OIST), han descubierto que esa
idea estaba equivocada.
Para
ello, recurrieron a una técnica conocida como 'relojes moleculares', analizando
cientos de familias de genes para rastrear su historia hacia atrás en el
tiempo, como quien sigue las migas de pan en un bosque para encontrar el origen
del camino. Así, al combinar estos datos genéticos con el registro fósil, el
equipo creó un árbol de la vida con una resolución temporal sin precedentes.
La
principal conclusión del estudio es una revolución: la transición hacia la vida
compleja comenzó hace 2.900 millones de
años. Es decir, más de mil millones
de años antes de lo que se suponía. Pero lo más sorprendente no es solo ese
resultado, sino el orden de los factores. Porque hasta ahora se daba por hecho
que la célula primitiva primero adquirió la mitocondria (la central energética
que usa oxígeno) y que, gracias a ese 'chute' de energía, pudo desarrollar
después su complejidad (núcleo, esqueleto celular, etc.). Este fue el gran 'salto' de
la vida. Es la llamada hipótesis de 'la
mitocondria primero'.
Pero los
datos del equipo de Bristol dibujan un escenario totalmente nuevo que los
investigadores han bautizado como CALM (Complex Archaeon, Late Mitochondrion, o
Arquea Compleja, Mitocondria Tardía). Según este modelo, nuestros ancestros
microscópicos ya habían empezado a construir estructuras complejas, esqueletos
internos y sistemas de transporte de membranas mucho antes de que llegaran las
mitocondrias. Es decir, que la vida no esperó a tener la 'central eléctrica' instalada para empezar a ampliar la casa. La
complejidad estructural precedió a la complejidad energética. Estos hallazgos
tienen implicaciones que sacuden los cimientos de la geoquímica. Porque si
estos primeros pasos hacia la complejidad ocurrieron hace casi 3.000 millones
de años, significa que tuvieron lugar en unos océanos anóxicos, totalmente
desprovistos de oxígeno.
«El
ancestro de los eucariotas -explica Philip Donoghue, paleobiólogo de la
Universidad de Bristol y coautor del estudio- comenzó a desarrollar
características complejas aproximadamente mil millones de años antes de que el
oxígeno fuera abundante». De hecho, las mitocondrias, que son las que
nos permiten respirar oxígeno hoy, llegaron mucho más tarde, y curiosamente
coincidieron con el momento en que los niveles de este gas empezaron a subir en
la atmósfera. Esto cambiará también la forma en que buscamos vida en otros
planetas. Porque si resulta que la complejidad puede surgir en mundos sin
oxígeno, el abanico de lugares donde podríamos encontrar 'vida avanzada' se
amplía considerablemente.
Hasta la
publicación de este estudio, la cronología aceptada era bastante conservadora.
Se asumía que las bacterias dominaron en solitario durante 3.000 millones de
años y que solo hace unos 635 millones de años, tras un aumento global del
oxígeno, la vida compleja despegó definitivamente. Sin embargo, y a pesar de la
novedad que supone el estudio de Nature, ya teníamos algunas pistas
previas de que algo no encajaba. Y es que, existen antecedentes intrigantes,
como los descubiertos en Julio de 2024 en la cuenca de Franceville, en Gabón.
Allí, un equipo dirigido por Ernest Chi Fru, de la Universidad de Cardiff,
encontró fósiles de organismos supuestamente complejos de hace 2.100 millones
de años.
Aquel hallazgo, considerado un 'experimento fallido' de la naturaleza,
sugería que la vida intentó dar el
'salto' a la complejidad mucho antes, aprovechando un pico temporal de
oxígeno provocado por volcanes submarinos y cianobacterias, pero que 'dio marcha atrás' y se extinguió cuando
las condiciones empeoraron. El nuevo estudio genético no contradice
necesariamente la existencia de experimentos fallidos como el de Gabón, sino
que les da un marco teórico mucho más profundo. Nos dice, en efecto, que la
maquinaria genética para la complejidad no surgió de la nada, ni en Gabón hace
2.100 millones de años ni tampoco hace 600, porque los 'ladrillos' genéticos
para construir células complejas se estaban cocinando lentamente desde mucho
antes, desde hace 2.900 millones de años. Por tanto, lo que Chi Fru llamó en su
día un 'primer intento que no logró prosperar', podría ser en realidad una de
las primeras manifestaciones físicas visibles de ese largo proceso genético
invisible que acaba de desvelar la Universidad de Bristol. La vida,
sencillamente, estaba ensayando.
La vieja idea de que la Tierra fue un
lugar aburrido, habitado solo por bacterias 'tontas' durante la mayor parte de
su historia, parece estar condenada. En las profundidades de aquellos océanos
oscuros y sin oxígeno, hace casi 3.000 millones de años, la naturaleza ya
estaba trabajando silenciosamente en el diseño de la célula que, eones después,
daría lugar a las criaturas que intentan comprenderla.
Maracaibo el domingo 20 de septiembre del año 2026
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