viernes, 27 de febrero de 2026

Las guerras de los judíos (2)


Vespasiano empezó a levantar el Coliseo en el año 69 de nuestra era, y Tito lo terminó doce años después. En realidad fueron cuatro años de intenso trabajo con la ayuda de doce mil judíos cautivos llevados a Roma por Tito tras la conquista y destrucción de Jerusalén, muchos de los cuales perecieron luego en la arena devorados por las fieras en los juegos públicos. En palabras de Josefo, murieron un millón de personas durante el asedio y, tras la conquista, miles de supervivientes fueron capturados y diseminados por todo el Imperio como esclavos. El filósofo Thomas A. Idinopulos en su obra “Jerusalén”dice:  “los que sobrevivieron a la masacre envidiaron a los muertos” ya que los que estaban en buenas condiciones físicas fueron enviados a las minas de Egipto o de Cerdeña, o a “construir un gran canal cuya excavación en Corinto había ordenado Nerón”. Los más robustos fueron convertidos en gladiadores y, por último, las mujeres y los niños fueron vendidos como esclavos. El número concreto de reos es desvelado por el propio cronista romano: «Todos los prisioneros que fueron capturados en el conjunto de la guerra sumaron noventa y siete mil, y los que perecieron en la totalidad del asedio fueron un millón cien mil. La mayoría de éstos eran judíos, pero no eran naturales de Jerusalén, puesto que se había concentrado gente de todo el país para la fiesta de los Ácimos, cuando de repente les sorprendió la guerra”. 

¿Cómo es posible que en el Imperio romano se cometiera tal atrocidad?. Las raíces del conflicto y de la inquina de los emperadores contra el pueblo semita hay que buscarlas en el 64 d.C., cuando llegó hasta Judea el tiránico procurador Gesio Floro. Su brutalidad pronto hizo aflorar el odio de los habitantes. Al poco, los disturbios se generalizaron y, con ellos, comenzó la turbia relación entre estos dos pueblos. Pero el poder de las legiones se hizo valer y, apenas dos años después (en el 66 d.C. ), el político aplastó los diferentes alzamientos y permitió que sus hombres saquearan los barrios más ricos de la urbe como castigo. Una pésima forma de calmar los ánimos que no logró apaciguar (ni meter el miedo en el cuerpo) a los judíos. Acababa de dar comienzo a una década de muerte.

Tras aquella tropelía, los judíos clamaron justicia ante los superiores de Floro, pero solo obtuvieron el silencio por respuesta. Fue entonces cuando las pequeñas desavenencias derivaron en una auténtica guerra. La revuelta volvió a estallar de manos de Eleazar, capitán de la guardia del templo de Jerusalén. Este guerrero puso en jaque de nuevo a Roma al sitiar con miles de soldados a una cohorte de la legión III Gallica. Por si fuera poco, los ciudadanos apoyaron su alzamiento.  “Todos los prisioneros que fueron capturados en el conjunto de la guerra sumaron noventa y siete mil, y los que perecieron en la totalidad del asedio fueron un millón cien mil. La mayoría de éstos eran judíos, pero no eran naturales de Jerusalén”,

Vespasiano acostumbraba a pasar los calores del verano en una villa cerca de las termas de Cotilia en Campania, cerca de Rieti (Italia) y allí el 23 de junio de 79, falleció con 69 años, víctima de una inflamación intestinal con una diarrea aguda. Fue divinizado inmediatamente por su hijo y sucesor Tito de quien ya hablamos hace un par de días (https://surl.li/igsdcu). A pesar de la devastación realizada por los romanos durante la primera guerra judeo-romana (66-70), que dejó a la población y al país en ruinas, y del fracaso de la guerra de Kitos, una serie de medidas represivas de los emperadores romanos provocaron una segunda gran rebelión. Su culminación fueron leyes decretadas por el emperador romano Adriano para helenizar a los judíos, que prohibían el Brit Milá (circuncisión), la lectura de la Torá, la observancia del shabat, las reuniones comunitarias en los beit-kneset, comer matzá, tocar el shofar y las leyes de pureza en la familia y donde también se incluyó la reconstrucción y transformación de Jerusalén en una ciudad romana, Aelia Capitolina, con un gran templo a Júpiter en el Monte del Templo, lo que, según Dion Casio, fue lo que encendió la llama de la rebelión

Kokhba o Barcokebas o Barcoqueba fue el líder judío que dirigió en el año 132 la conocida como Rebelión de Bar Kojba contra el Imperio romano, estableciendo un estado judío independiente que dirigió durante tres años como Nasí ('Príncipe' o 'Presidente'), hasta ser derrotado por los romanos en 135. Reprimida la rebelión, Bar Kojba resultó muerto en el asalto final a la fortaleza de Betar. El nombre kojba realmente significa 'estrella' y como se sabía que “descenderá una estrella de Jacob”, era una forma metafórica referente al mesías, el​ apoyo a Kojba y a la rebelión le costó ser finalmente ejecutado por el legado romano Quinto Tineyo Rufo.

La premeditación de esta contienda, a diferencia de las anteriores, muestra un resultado inicial de las tropas romanas muy limitado frente a los rebeldes. Es posible que incluso una legión romana completa, la XXII Deiotariana, fuera aniquilada. Según Dión Casio (Hist. Rom., 69.14.3), el emperador Adriano, al informar al Senado, no consideró oportuno comenzar con la típica reseña Yo y las legiones estamos bien”.

Bar Kojba tuvo que refugiarse en la fortaleza de Betar. Los romanos la capturaron finalmente después de aniquilar a sus defensores. De acuerdo a Dion Casio, 580 000 judíos fueron ejecutados, 50 pueblos fortificados y 985 aldeas fueron arrasadas. Jerusalén también fue arrasada, y para evitar el retorno de los judíos, una nueva ciudad romana, Aelia Capitolina, fue construida en su lugar. Bar Kojbá murió al ser tomada Betar después, siguiendo la versión talmúdica, de haber hecho ejecutar por traición a su tío el rabí Eleazar. Según el relato, su cabeza fue enviada al mismo emperador Adriano que, a continuación, reclamó el resto del cuerpo; aunque lo más probable sea que el destinatario de sus restos fuese Sexto Julio Severo, el general al que el emperador había encargado la represión de la revuelta.

Como consecuencia de la guerra, el emperador Adriano creó la nueva provincia de Siria Palestina mediante la unión de los distritos de la costa, Judea, Samaris, Galilea y Decápolis. En las últimas décadas ha visto la luz información nueva sobre la rebelión, gracias principalmente al descubrimiento de varias colecciones de manuscritos, algunos escritos posiblemente por el mismo Bar Kojba, en una de las cuevas situadas en las proximidades de Wadi Murabbat, o, según su nombre hebreo, Nahal Hever, los mismos están expuestos en el Museo de Israel.

Las causas directas de la rebelión varían según la fuente. El historiador romano Dión Casio (155-229) atribuye la revuelta a la decisión de Adriano de fundar en el lugar de Jerusalén una ciudad romana llamada Aelia Capitolina (Aelia por su propio nombre y Capitolina en honor al dios romano Júpiter). Por otro lado, las fuentes judías, reconocen como cierta esta resolución, pro le asignan mayor prioridad a los decretos dictados por Adriano que prohibían el Brit Milá (circuncisión), el respeto del sábado y las leyes de pureza en la familia.[ ]​La intención de Adriano era civilizar e incorporar de una vez por todas a los judíos a la cultura grecorromana, y para la cultura griega y romana, la circuncisión era una mutilación intolerable. La tradición judía relata en el Midrásh Tanjuma un encuentro entre Rabí Akiva y el gobernador Turno Rufo (Turnus Rufus), donde este le solicita la explicación sobre la circuncisión.

Eusebio parece dar a entender que la construcción de Aelia Capitolina y el templo a Júpiter fue un resultado de la guerra más que una causa de ella, aunque esto es algo confuso. A esto se habría sumado el deseo de los judíos de ser readmitidos en Jerusalén y reconstruir el Templo, así como la presión demográfica de un número cada vez mayor de colonos griegos y romanos. Por hoy, basta de hablar de guerras y masacres de judíos. Pensemos en la necesidad de amor y paz que deberá ser siempre el derrotero de todas las naciones.

En Maracaibo, el viernes 27 de febrero del año 2026

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