miércoles, 20 de marzo de 2019

El aprendizaje de la escritura… (II)





El aprendizaje de la escritura… (II)

Cuando terminé el 5to año de bachillerato en el Liceo Baralt, luego pasé a nuestra Universidad del Zulia, donde estudié Medicina entre los 16 y los 21 años para graduarme de médico-cirujano en LUZ el año 1963. Me fui becado a especializarme en Norteamérica. Luego, todo aquello de la literatura pareció nublarse en mi mente; por eso estoy “echando este cuento”... La Medicina, la patología y la investigación sobre la ultraestructura, los tumores y los virus, absorbieron mi mente y espíritu durante muchos años, creo que hasta un grado de fanatismo extremo. Después de cuatro años de pasar fríos inviernos y aprender muchas cosas, regresé a mi ciudad natal y trabajé en el Sanatorio Antituberculoso donde estuve directamente vinculado al genial doctor Pedro Iturbe, quien lograría un microscopio electrónico y de la mano del doctor Fernández Morán me conduciría para instalar un laboratorio que en siete fructíferos años llegaría a publicar más de 25 trabajos de investigación en revistas indexadas. Aquella fue una etapa decisiva en mi carrera como investigador pero lamento tener que señalar que la literatura permanecía para mí en una especie de limbo.
 
En 1975, me vi obligado, digamos que por razones personales, a abandonar el productivo laboratorio creado en mi tierra para irme a la capital del país. En una de mis novelas, “La Entropía Tropical”, me refiero entre otras cosas a la situación que determinó mi prolongado exilio… Nuestro poeta Idelfonso Vásquez, “el príncipe del soneto”, quien era médico y también tuvo que exilarse, escribió algo que aproveché para plasmarlo en mi novela: “Adiós, adiós, inculto paraíso do el goce halló mi juventud dichosa! …hoy otro campo más estéril piso por otra senda voy más enojosa. Cruzo el triste sendero de la ausencia, trillo el árido campo de la ciencia.” Durante más de 25 años estuve trabajando en un Instituto de la UCV formador de patólogos. Me tocó dirigirlo durante más de 12 años mientras me mantuve al frente de un laboratorio de investigación, inventando lo que denominamos la patología ultraestructural y produciendo más de un centenar de publicaciones. Iniciándose la década de los ochenta, con cinco hijos creciendo debí comenzar a re estudiar el bachillerato, y fue, ayudándoles, como regresaría a la literatura...

Reincidí en mi pasión por la lectura y hube de entrar en contacto con la escritura del Gabo y sus cien años de soledad, de Vargas Llosa y los perros de su ciudad, y después, tras leer La Muerte de Artemio Cruz me entusiasmé con Carlos Fuentes, y luego, Rayuela, y detrás de Cortázar llegarían Borges y Rulfo, Cabrera Infante y Arguedas, Asturias y Donoso, y así regresé a la literatura, especialmente a la de Latinoamérica, que además, en aquellos días estaba haciendo, ¡boom! En ese entonces, a comienzos de los 80,  me supe hipertenso y al creer que estaba gravemente enfermo, recordaba mi historia de los 7 años en Maracaibo intentando hacer investigación sin ser aceptado por mis colegas, y veía que aquella situación nadie habría de conocerla, y eso me dolía, por lo que pensé que debería escribirla. Creo que es cierto lo que dice Eduardo Liendo, de que el mayor desafío del escritor “es vencer a la muerte con el filo de la palabra”. Quizás con un deseo larvado de trascender, escribí un manuscrito que por su nombre resumido alguna gente confundía con el extraterrestre i-ti, porque en la portada decía ET, las siglas de La Entropía Tropical.  Expresión, que le escuché al Dr Humberto Fernández Morán quien lo decía para describirme ese desorden tropical que nos caracteriza. El manuscrito de ET, estaba escrito parcialmente en maracucho, me decían que tenía “malas palabras”, y ¡me querían acentuar las esdrújulas!, por lo que cuando intenté publicarlo, fue varias veces rechazado. Esperé 20 años, desde 1983 hasta el año 2003 cuando aprovechando que un compañero de promoción era el Rector de LUZ, me editaron la novela “La Entropía Tropical”, en Ediluz. 

Inicialmente me convencieron de que ET en su manuscrito, era una novela, por lo que había decidido seguir escribiendo, de manera que luego de trágicas y muy tristes contingencias personales, en 1998, tuve que jubilarme en la UCV. Para ese entonces ya había escrito, casi cinco novelas. “Escribir en La Habana” galardonada en la Bienal José Rafael Pocaterra 1994 del estado Carabobo, “La Peste Loca” que la editó la Secretaría de Cultura de la Gobernación del Estado Zulia, “Para subir al cielo…” galardonada en la bienal Elías David Curiel 1997 del Estado Facón, y “El movedizo encaje de los uveros”. Cuando regresé a Maracaibo en 2005 y logré que me publicaran “La Entropía Tropical”, luego publicaría tres novelas más, “Ratones desnudos”, “El año de la lepra”, y la última ya en el 2015, sobre un personaje histórico del siglo XVI, “Vesalio el anatomista”.

Escribo en español, y me gusta saber que así lo hago, pues mis novelas son prácticamente todas sobre mi gente. Un tema presente en la mayoría de ellas es la investigación científica y sus dificultades. Por eso he dicho, que yo escribo sobre lo que mejor conozco. También he afirmado que escribo como zuliano. Siento que la lectura de mis novelas puede ser comprensible por españoles e hispanoamericanos, ya que es el mismo idioma que usan en la península Ibérica, en Canarias y en cualquier nación de nuestra América, con todo y esa diversidad cultural que caracteriza a nuestros pueblos, desde el Río Grande hasta la Patagonia. El idioma español o castellano, nacido como una lengua romance del grupo ibérico, es la segunda lengua del mundo por el número de personas que la tienen como su idioma materno, con 420 millones de hablantes nativos. Esta razón, me parece que debe valer para apreciar más, defender y preservar nuestro lenguaje. Tenemos que darle apoyo a nuestra creación literaria, pues una cosa es muy cierta: al perder la palabra se pierde la memoria.
(Fin de la parte II)

Mississauga, Ontario,  20  de marzo, 2019                                          

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