domingo, 20 de julio de 2014

Apocalipsis (reflexiones de hace 30 años, aún vigentes)...



APOCALIPSIS

Estas reflexiones fueron escritas en la década de los años 80 y 90 y reflejan preocupaciones que nunca han dejado de existir en el ámbito social y político de Venezuela... Están de nuevo colocadas aquí como una simple evidencia.
 
Mis ideas iban y venían, estaba revolviéndome por dentro y claro que, no podía estar tranquilo, sentado frente al ventanal, ¿o acaso estaba en el suelo?, ¿entre sábanas?, sentía que las palabras me llegaban profundamente, plenas de sentimiento, dolidas, sí, habría de perseguirlas hasta el último hilo, nacerían de su boca y se unirían en frases, emergiendo de una oscura caverna de resentimiento. Sus ojos vidriosos cubiertos por una húmeda película se movían inquietos, se diría que iban tras las palabras, guiñándolos, dejaban ver minúsculos trazos superficiales que circunscribían su mirada, grietas discretas de un brillo metálico, nunca llegarían a ser verdaderas arrugas, tras sus cejas pobladas resaltaba la profundidad de su mirada protegiendo cual erizo el habitáculo de sus más tristes sentimientos, de sus más acongojadas visiones. Así pues, comencé a escuchar con atención las palabras que una a una irían emergiendo atropelladamente de su boca, torcida en un amargo rictus, plena de acíbar, en ocasiones llevándose las manos al pecho como si todo lo que  me confiaba le produjese un intenso dolor...

En el fondo de mi conciencia creo que me gustaría poder vivir en otra época, no quisiera haber tenido que ver lo que ha sido de nosotros. Nos ha ocurrido esto y no lo puedo creer. El deterioro ha sido tórpido, como una enfermedad incurable, pero el desenlace se adivina violento, demasiado rápido. Me gustaría sentirme entre mis pujantes guerreros, jóvenes de ideas firmes, de agresivas convicciones. Al fin y al cabo, ellos, los jóvenes, son nuestra última esperanza, son ellos quienes deberán derribar las estructuras caducas de este sistema, de toda la patraña que nos está llevando a ésta extremosa situación. Quiero pensar que ellos si serán capaces... 

Entonces creí percibir una inquietud en su mirada, la erosión del tiempo parecía haber llenado de meandros su memoria, los recuerdos quizás jugaban con su imaginación, pero ya estábamos al final de la jornada y me sentía encallado en los bajíos, encharcado en los manglares, chapoteando en el estuario lleno de escombros, en la desembocadura del río de la vida, y pensé en lo peligroso que podía resultar el confundir los deseos con la realidad cambiante de los hechos. Entonces él continuó hablándome...

Hay un dicho muy cierto que señala que nadie es profeta en su tierra, pero en ocasiones es como para deprimirse, ¡tantos esfuerzos y solo reveses!, desilusiones, fracasos, golpes, tan duros, que lo que le provoca a uno es sentarse a la vera del camino y echarse a llorar, días enteros... Te decía antes que confiaba en los jóvenes, pero en estos casos uno se pregunta... ¿Dónde están? Te juro que los he buscado. Como un Diógenes. Recuerdo horrorizado la inmensa indiferencia, el silencio circundante, un vacío espantoso, una pasividad aterradora, y yo con mi lámpara he luchado por alumbrar los intentos de creatividad en medio de aquella quietud desesperante, pero no oí nada, solo escuché aullidos de silencio, nunca me plantearon las nuevas opciones, ¿desinterés?, ¿inmovilidad?, ¿era acaso un cierto pacifismo?, tal vez la paz absurda de quien se sabe manipulado y lo tolera resignado, lo pensé…

Entonces sentí que debía terciar un poco, en realidad, podía tratar de ser menos intransigente, de veras quería a toda costa ayudar lo pues él parecía estar bajo el peso de una honda depresión ante el momento que estábamos viviendo. Él prosiguió...

-Bajo la tranquila sombra de los valores que les inculcamos, tú los viste nacer y crecer , no lo negarás, ellos  solo conocían el poder del dinero, y no nos hubiesen creído si a gritos les hubieras avisado que estaban jugando con ellos, todo era parte de un orden pre establecido y no páramos la conjura, no quisimos ni siquiera intentar detener la rueda, era un solo parámetro, un solo rumbo, el yo primero...  Estimulamos un egoísmo cerval y lo acicatearon los genios creadores de las cosas, la ilusión de tener muchas cosas, ¡eran tantas!, los fuimos rodeando de ellas, las indispensables, las necesarias, las superfluas, las más fútiles, solo materia...

Mi intención era interrumpirle y darle apoyo, más que para procurar la defensa de la juventud cuestionada o para enunciar un mea culpa, para tranquilizarlo, pero me costó mucho vislumbrar un argumento de peso en mi conciencia y sin darme tiempo, él prosiguió hablando mientras su mirada se perdía a lo lejos, a través del ventanal.

Tú si supiste reconocer ese éxtasis, aquella tranquilidad espiritual, la pasividad, especie de rémora, era una pose de evasión, nada te estimula, estás ante la pantalla y todo ocurre allí, adentro, estás enquistado, en un capullo, disfrutas de tu cocaína audiovisual y no te involucras, es tu aislamiento personalizado, y dejas que todo te penetre, te dejas hacer, los polvos te lavan, el homicidio ni te excita, el sadismo y la violencia te dejan frió, el sexo y el juego te ponen en las posturas más adecuadas, las foráneas, te gustan, dan nota, y no te ves involucrado, disfrutas de la jerigonza apocalíptica ante la caja cuadrada, sentadito, desde niño, te dejas penetrar por los oídos, por los poros, por los conos y los bastones en tu mácula y de regreso de tu corteza, estiras la mano y el producto pasa a tu boca, se unta en tu cuerpo, revienta en tu tímpano, lo disfrutas, es el concierto de los genios maléficos, te han dominado, estás en sus garras, los dueños del emporio, los canallescos gordos peces de albo collarete, los que controlan “los medios”. ¡Había tanto que vender!  Era el país privilegiado, el de la opulencia, los años de la Arabia, del vórtice y la paranoia colectiva, con espasmos, era la gran corrupción, el auge y el progreso para una riqueza fácil, los hijos del petróleo, ilícitos, millones y millones, escocés en las rocas, y mientras la nación se debatía desorientada en la maraña del consumismo, se estremecía con las caricias de los traficantes y depredadores de la narcoindustria. Todavía, los ilusos pensábamos que despertaríamos algún día de aquella horrenda pesadilla. La música de fondo sonaba estridente, los bronces de los genios del mal, los señores del poder,  ofrecían una magistral interpretación, y no era el cuatro ni un arpa, no habían capachos ni bandolas, no portaban maracas, eran luces multicolores centelleantes que pintaban estridentes  sonidos en idioma anglosajón. El culpable, porque siempre hay un culpable, sin duda, fue el negro excremento del demonio que vibra en las entrañas de la patria, es negro, es tóxico, flojo, untuoso, nace y se retuerce entre el lodo, es fácil inculparlo, negro y sucio, tan culpable como su madre natura, digámoslo con honestidad y sin vergüenza...  ¿No seríamos nosotros mismos los culpables, los responsables de todo lo malo?, ¿no sería que no supimos darle un buen uso al recurso? Lo dilapidamos, nunca lo sembramos, lo encumbramos, les enseñamos a los infantes, les informamos a los niños, les inculcamos a los adolescentes, se los ofrecimos, era él, por él, para él, y por siempre jamás. ¿Cuáles serían los ideales?, el juego, ¿la finalidad?, el trueque, ¿el objetivo?, la felicidad... No interpongas filosofías, ni ideas en desuso, decadentes conceptos, ridiculeces moralizantes, la felicidad es por demás accesible, se compra, se  acapara, se embotella, se importa, es atomizable, aprietas un dedo y hela allí, el éxito aparece, llegas al status, gastas, tienes clase, poder, libertad, disfrutar, consumir, adquirir, con cachet, tu nave, una nota, la jeva, la propia, los chamos, un viaje, ¡es ácida!, los datos, mi cuadro, preciso, de estreno, debuta, los vídeos, no entiendes, no importa, ¡ay vale!, ¿lo sientes?, se grita, no hay tiempo, mañana, ¡no pana!, que suave, ¡ni pienses!, o sea, no hay taim, ¿tu lees?, ¡que frick!  El contagio colectivo al que fuimos sometidos por aquella peste negra, nos llevó como a flagelantes medievales, o sanviteros apoplécticos, a correr, año tras año, desesperados, sin voltear, íbamos tras él, hacia él, siguiendo al flautista, tristes ratas llenas de gordas pulgas que chupaban las pasteurellas, engordando, listas para diseminar en bubones purulentos la peste negra, la peste loca... Una pandemia, sin duda alguna, porqué se corrió la onda, llevada por los satélites llegó hasta los más apartados rincones de los más remotos parajes en los más distantes países, todos éramos usuarios, un gran mercado, y las computadoras programaban la mente de los niños y destelleantes alucinaban a los jóvenes engrosando las filas de las marionetas consumistas, y todo aquello, gracias a los peces gordos, ¿tantos?, ¿dónde estaban?, ¿cuántos eran?, ellos se volvieron expertos en la utilización perversa de los medios y del avance tecnológico, bastaba pulsar teclas, integrados, sistematizados, graficados iban quedando, computarizados por la magia del progreso, la maravilla tecnológica audiovisual, los genios sonreídos, la calma y el silencio, disimulados, ¡había que estar en algo!, ¿y los beneficiarios tras las bambalinas? ¿Los grandes capitales?, los inversionistas, cientos de miles de millones, no hay comida, dólares, circuitos, hay miseria, software, hay hambre, hardware, ¡falacias! ¡Compatriotas!  Entonces vino el otro coletazo, el flagelo de las hojitas verdes, el polvillo blanco y los dólares, los verdes billetes, el andamiaje todo, con cables, reactores, satélites, aeropuertos y, ¡listos, partida!, allá van parejos, la distribución y el consumo, ¡ahora si los jodimos!, están controlados, se lo creían ellos cuando toda la parafernalia se les vino guardabajo, el aparataje de los falsos valores se volteó contra los corruptos y llegaron a perder el control,  sin poder soportar el peso de millones de kilogramos de basura y excrementos, todo el sistema los aplastó sin consideración alguna, sin poder sostenerse, de manera inmisericorde, todos fueron víctimas de la más espantosa entropía...

Pensé que el desconocimiento de la ley nunca iba a exonerarnos de las culpas, así que aunque supiéramos o no, pensáramos, creyéramos o no, solo andaríamos a estas alturas buscando justificaciones, algún perdón, ¿para quienes? También hubo algunos jóvenes que estaban lúcidos, lucharon sí, unos pocos... Quedé silencioso. No era posible refutar nada y aunque entendiésemos ahora como había sido montado todo el proceso del engaño. Ya era muy tarde para buscar tablas de salvación. Como si estuviese escuchándome, mi apesadumbrado amigo me dijo con sorna… 

Este es un apocalipsis de mierda y es que todos estamos en la misma madeja, dentro del ovillo, sin salida. Unos gozaron más que otros, pero ahora, ¿que más da?, ¿para que lamentarnos? La historia, siempre cíclica y repetitiva, nos mostró en el siglo catorce como el horror llegaba arrasando provocado por la ignorancia, la muerte llegaba como un ala negra y nadie podía comprender el porqué de aquel inevitable castigo... Ahora la desesperación es consecuencia de los avances tecnológicos y de la exaltación de lo que el hombre decidió considerar como el progreso de la civilización. El último día, nos encuentra desguarnecidos, desnudos, arropándonos tan solo con una raída manta de terror que lejos de cubrir nuestros miembros para calentarnos, nos sofoca.

Me quedé mirando el cielo a través del ventanal, parecía un incendio e iba tornándose púrpura. Había fulgurado varias veces durante nuestra conversación y entonces creí comprender por qué era tan grande su decepción. Se produjo un intenso resplandor violáceo y recapacité, ciertamente era ya tarde para recomenzar, para rectificar... Hacía ya un par de horas que la maquinaria estaba silenciosa y en oleadas calientes, con un hormigueo amargo y fétido nos estaban llegando las primeras emanaciones de polvo radioactivo. Mi amigo dijo compungido...

Ya poco nos importa el estado de putrefacción política, de descomposición económica, de degradación cultural y todas las aberraciones de la ética que han caracterizado a nuestra sociedad actual... Es tarde. Todo se está consumiendo en esta tolvanera cósmica. Consumantum est. ¿Los gajos? No brotaron. ¿Qué será de nuestra última esperanza y de nuestros más caros anhelos? Ya estamos aspirando los primeros efluvios de radioactividad...

En sus ojos vidriosos creció la humedad hasta nacer dos gruesas lágrimas que surcaron sus mejillas de estaño. Centellaban las gotas reflejando el espectáculo que se nos ofrecía a través del ventanal, y pensé, ¡lloras!, pero, ¿qué podemos hacer?  La noche está llegando para cubrirnos para siempre jamás. Creí sentir una tenaza de miedo en la garganta. Acaso podría existir una chispa de esperanza, un rescoldo de tiempo, ¿una brizna de ilusión? Podría existir alguna fórmula mágica, un secreto no desvelado, un milagro, ¿cómo vencer a los todopoderosos? … ¡Ya era tan tarde!  Al anochecer de todas las vidas, en un tremedal, enredados entre líquenes y musgosas parásitas, en los bajíos gredosos, sin remedio aspirábamos ya la vaharada tibia y hormigueante de polvo radioactivo, sentados frente al ventanal... Se me ocurrió entonces que estaba en las montañas de los Humocaros, tal vez en Humocaro Alto, y volví a ver el cielo brillando, en una noche de enero, fresca, con olor de helechos en la tierra húmeda, de monte y de hierbas salvajes, allí echado sobre el pasto con el chirrido de los grillos y miríadas de insectos trepidantes, me bastó con pestañear y volví a ver cientos de cocuyos parpadeando en la tierra y miles de estrellas brillando intensamente arriba, todos ellos, cielo y tierra, refulgentes, y entonces me volví a sentir pletórico de ideales, percibí cuan hermoso había sido soñar con una patria grande, patria madre, con hazañas de próceres, hijos, creer que podíamos desatar ataduras que nos anudaban desde los tiempos de los colonizadores, un futuro de igualdad para todos, con amor, sin más hambre, sin más corruptelas, ni explotaciones, una patria auténtica, la de los abuelos, la de mis nietos, un país... Al abrir los ojos pensé que todo aquello había sido, ridículamente hermoso. Cautelosamente miré hacia el techo, vi la ventana brillando en la oscuridad de la noche lunar y todavía con una extraña sensación de miedo, me abracé a ella, sintiendo el calor reconfortante de su piel morena. Mi corazón aún palpitaba acelerado cuando me dijo al oído. Quédate tranquilo, duérmete que mañana debes madrugar para ir al trabajo.

ORIGINAL MODIFICADO DE : Entropía Tropical (novela: Ediluz, 2003). Texto intitulado “Apocalipsis”  publicado inicialmente en  “Reflexiones de un anatomopatólogo” (SVAP, 1991)

lunes, 14 de julio de 2014

Apuntes para una novela ...



Fragmento de “apuntes para una novela” 
Conversación entre dos viejos amigos que recoge las memorias de “Murmullo” relatadas por “El castor enano”.
… Durante la semana, la veías y la veías. Su cola de caballo iba de un lado a otro ante vos, en tu pupitre predestinado, para con ella, pues otra era la cosa con las demás, ya que todas las hembritas llevaban su uniforme azul y no importaba si eran primas o amigas de ella. Todas estudiaban y ella, supuestamente era tan solo otra compañera de estudios. Eso decías vos quien muchas veces fuiste semanero en el Liceo y pensabas... Por vivir en quinto patio... Te había dado por escuchar un casette de Pedro Infante... desprecias mis besos… Al fin te atreviste y tiernamente imaginaste aquello de, el cariño verdadero, la esperaste de pie junto al filtro de agua y allí se decidió el asunto. Estudiaremos juntos. Sin mentiras ni maldad. Como si fueras un grande liga, vos que eras fanático del equipo “Gavilanes” te sentiste en una jugada de “filder choice”. Así fue como me lo contaste. Vos, como gavilanero que eras, de los que siempre que podías ibas al estadio para ver los juegos de pelota, y a pesar de que deportivamente en el colegio preferías actuar como un decidido futbolista, utilizaste en aquel momento la expresión de “filder choice” posiblemente por creerla más cerca de la realidad. Regresaste a comentarme entonces, sobre tu amigo Rómulo, y yo preocupado te vi penetrar nuevamente en las nieblas del riachuelo, quien sabe si aferrado al recuerdo de los cantos de La Divina Comedia, y me toco escucharte relatarme los detalles de cuando con Rómulo salías de Liceo “a pegártela” con cerveza en algunas taguaras y botiquines de mala muerte. Lo que hacían era tan solo beber cerveza helada, “cervecearnos” me dijiste, tratando quizás de no mezclar tus andanzas con Rómulo y tus avances amatorios con AnaCristina, de esta manera, pasaste a explicarme como creían Rómulo y vos, que deberían enfrentar ciertas desgracias capitales. Según Rómulo era la maldad del mundo y otras cosas horrendas mayormente desconocidas para vos, pero dada la situación de los dos, ambos parecían dispuestos a ingresar en un novedoso grupo, el de los peores. Así consideraste ante mí como aquel asunto cruel con un trasfondo religioso había sido un  golpe bajo, y bastante fuerte, de modo tal que no podía negarse que la reacción era exagerada, y me planteaste que tal vez se debió todo a la carencia de algún asesoramiento, una voz aclaratoria, alguien que hubiese tratado al menos conversar sobre el asunto, pero no llegué nunca a saber si fueron incapaces de asimilar aquello que vos denominaste, una especie de “coñiza psicológica”, e insististe en que te referías particularmente a la padecida por el buen Rómulo. No obstante fuiste capaz de reconocer ante mí como el golpe había sido lo suficientemente duro como para torcer el rumbo de sus vidas y era evidente, que no tenías ni idea de si acaso todo aquello a largo plazo les habría de costar caro. Pensativo y sonriente me dijiste que quizás para la época llegaste a creer que sería en el otro mundo donde te enterarías. Así te expresaste, dubitativo. Sin querer hacerme creer que todo aquello era una broma, insististe de lo más serio, en que ambos, por cuenta propia, decidieron estar en el “in-fight” nada más y nada menos que con Satanás y su combo de ángeles perversos. Recuerdo que me los describiste, los veías, arreguindados a las cuerdas y chiflándoles desde la esquina, dándoles miles de instrucciones en un lenguaje escatológico, y era evidente que con el second que se gastaban, “in the corner”, así me lo pintaste, y podían escuchar como arengas los improperios y de maldiciones desvergonzantes les llegaban e que iban todas dirigidas a consolidar aquella frase de, “seguid el ejemplo” y, no era “el ejemplo” de nuestro trajinado himno nacional de la República, recantado y popularizado hasta el desgaste, era, mirar al adalid, sopesarlo y decir, ¡que carajo!, vamos con él, seamos como él, y luego me explicaste que habían decidido utilizar el tono y refranes de gallego, los que acostumbraban escuchar en boca de El Perico cuando se enfurecía, y con la arrechera reconcentrada que tenían ambos gritaban vociferentes, ¡que se vayan a tomar por el culo! De aquella manera, tal parecía ser que ambos habían llegado a la sabia decisión de no tomarse el asunto tan a pecho. En el fondo me explicaste que la determinación para los dos conllevaba una seguridad interna, refrescante si se quiere, y era la presunción de que iban a gozar “más que un chino en bicicleta”. Yo te pedí que le diésemos ya punto final a la diatriba diabólica en la que estabas enfrascado, para pasar a aquello que inicialmente me estabas relatando sobre la manera de cómo y cuan suavemente ya totalmente enamorisqueado, lograste penetrar en la mansión de AnaCristina. Aceptaste mi idea y me dijiste, que sí, y que inicialmente lo habías hecho como un simple compañero de estudios, evidentemente. Después, ya lograda la penetración en la mansión y admirado con los descubrimientos sobre el lujo y el boato, con chisquetes medio churriguerescos, marcos repujados en oro con imágenes coloniales de vírgenes y santos en las paredes de algunos salones, ella y vos llegaron a un acuerdo en común. Ambos, decidieron y lo reafirmaron categóricamente: estudiaremos en la Facultad de Medicina, y punto. Recuerdo cuando me relataste ésta parte de tu historia, cerraste momentáneamente los ojos y después sonriente me explicaste que no sabías por qué, pero que creías de momento haber percibido el sonido de la aguja arañando el surco de la pasta negra de un disco de 45, mientras “Caslitos” comenzaba a balbucear, sus ojos se cerraron y el mundo sigue andando. Como una ola, la música pareció envolverte al recordar cuando, ya y desde aquel entonces, habías iniciado con Rómulo tus periplos tangueros. Eran varias las rockolas de las taguaras que visitaban para beber cerveza, donde creían tener los cuarenta y cinco perfectamente ubicados y en ellas cantaba de preferencia el morocho del Abasto. Me relataste que por esas y otras tantas vainas de la existencia, ni vos ni Rómulo se preocupaban mucho de “el que dirán”. Tanguerosos y taguarosos, eran muy buenos los ratos que pasaban, pues riendo insististe en que, ya para lo que había que ver, bastaba un cíclope; de modo que ambos, vos y tu amigo en tan corto plazo creían haberlo visto todo. Unos meses después de la sorprendente revelación, decidieron que existían otras personas de quienes ocuparse, de sus vidas y de sus obras, y ellas podían ser, desde peloteros criollos como Aparicio o Dalmiro Finol, grandes ligas como Sandy Koufax y Mickey Mantle, o hasta la mismísima Tongolele con su mechón blanco en la frente. Vos recordaste a la cantante y el despelote en el cine “Estrella” cuando la rumbera fue acosada por el público y me decías que se habló de aquel desorden donde algunos afirmaban haber percibido como la Tongo tenía, ¡más carne movediza que el carrizo! Esas historias eran cuentos en la boca de otros, puesto que los dos amigos, tenían personas más cercanas, de carne y hueso, para probar lo que denominaban “el rascabucheo” y allí estaban para los compartir las hermanitas Sheila y Nola y más aún, en particular por lo que a vos te tocaba, existía, ¡la sin par Zobeida!, todas ellas se encargaron de disipar de las juveniles mentes de ambos amigos los ejemplos de lo que en el colegio denominaban los ideales de “nobleza y de virtud”. En aquellos días comenzaron a estudiar los caballos y a saber sobre sus pesos, su velocidad y la monta de cada jockey, estas cuentas las sacaban olvidando el álgebra, y los conocimientos de matemáticas se derivaban hacia los traqueos hípicos. Habían decidido cambiar de actitud y las visitas a los barrios marginales para impartir el catecismo los domingos fueron entonces sustituidas por la visita vespertina y nocturna a las taguaras donde se bebían varias cervezas algunas veces y otras hasta llenar las mesas con botellitas ambarinas, como sucedía algunos sábados o los viernes por la noche, o se acercaban hasta el hipódromo de La Limpia para ir conversando con los jockeys y los preparadores de los caballos, intentando prescisar los datos necesarios para ganar en las carreras. Si bien todo era ilógico y muy drástico, como la vida, misma, un tanto absurda, las aventuras del binomio Rómulo&Murmullo, comenzaban a dar, como se decía para la época, “más funciones que El Variedades”. Desde niños, ambos amigos quienes se habían compenetrado en una sola idea, decían ser hermanos de sangre, y hasta crearon una supuesta sociedad secreta que denominaban “La cofradía del Dragón”, para aquellos días, los patrones de conducta de ambos eran similares y los derroteros parecían ir en paralelo con una solidaridad inquebrantable. Estábamos en la misma barca. Así me lo comentaste y yo recuerdo que pensé en la nave de los locos, el cuadro aquel de El Bosco. Todo esto se dio al conversar vos sobre la música que escuchaban en aquellos tempos, señalándome que para la época, surgían en tu mente ideas raras y muchas veces te llegaban dizque en forma de cántigas que en ocasiones parecían nacer de lo más profundo de tu corazón. Alternaban en tu cerbero los compases de algunos himnos religiosos con los tangos arrabaleros, lo cual me parecía a mí, que era una contradicción musical. Pero así me lo expresaste y yo entendí que los tangos se les habían metido muy adentro, tanto que en una oportunidad entornando la mirada, memorioso, llegaste a entonar algún tango para luego silenciarte. Me explicaste que también podías musitar algunas de las canciones marianas aprendidas en tu más tierna infancia. Fue en aquel momento cuando me hablaste del texto de un determinado tango, uno de amargas palabras que me decías, parecían estar “piantadas en el rencor”. El tango era de Rafael Rossi, y de Antonio Podestá, un uruguayo apodado “el gauchito” quien había escrito la maravillosa letra del mismo el año 1931. Esto me lo relataste de lo más sereno, para luego explicarme, que la letra les caía cómo anillo al dedo y mientras detalladamente, me contabas como lo había cantado Alfredo Sadel, y me decías que era un tango fantástico, incomparable, y cuan emocionante era para vos sentir el bandoneón gimiendo. Sin embargo vos y Rómulo, preferían escucharlo en la voz de Carlitos Gardel con sus guitarras sonando detrás de El Zorzal, en una vieja grabación del sello Odeón y era esa, su interpretación, la que más les gustaba. Estas palabras las murmuraste casi cuando fuiste directo a las estrofas que te inquietaban y siendo capaz de recordarlas las cantaste en vos baja pero emocionado, después de tantos años. “Yo quiero morir conmigo, sin confesión y sin Dios, crucificao en mis penas como abrazao a un rencor. Me confesaste entonces que era mucho el rencor y el desencanto, y de como pasaban horas pegados a varias rockola donde los tangos eran la especialidad de algunas de las taguaras donde recalaban para cervecearse. Los tangos y la cerveza comenzaron a hacerles sentir que aquella música estaba metida muy adentro del corazón y sus letras funambulescas pasarían a ser parte de aquel extraño padecer. Parecían estar convencidos de que nada le debían a la vida, y llegarían a aprenderse aquellas estrofas sin saber muy bien lo que expresaban realmente, pero que ambos repetían. Yo no quiero la comedia de las lágrimas sinceras, ni palabras de consuelo, no ando en busca de un perdón; no pretendo sacramentos ni palabras funebreras: me le entrego mansamente como me entregué al botón. Me contaste entonces como al contrario de Rómulo, vos nunca llegaste a perder totalmente la fe, y para explicarme tu situación dijiste ser como el pecador que cae y se levanta, pues sabías que ibas a volver a caerte, y si te daba vergüenza meter la pata, te callabas, y así, haciéndote el loco, supuestamente te fuiste retirando, alejándote, apartándote según tu propia expresión, de la misericordiosa presencia de Dios, porque estabas convencido de que ibas a reincidir, y además, gozabas de las ventajas de la confesión, sabías que serías de nuevo perdonado, y todavía pensabas que en el fondo, Él lo sabía. Te pregunté entonces si aquello sería una pérdida de la fe, o una viveza tuya para excusar las fallas de tu voluntad. Vos tan solo insististe en que así de drástico había sido todo y recordaste como tu padre te repetía la frase de que, “árbol que nace torcido nunca su tronco endereza”. Las desavenencias con tu padre, en particular  los conflictos que se generaron alrededor de tus amores con Sheila, que pudiesen ser interpretados como cosas de muchacho joven e inexperto, pasaron a transformarse en graves situaciones con pleitos familiares. Rómulo y vos en aquellos días hablaron muchas veces sobre todas las cosas que les sucedían y de cómo habría de ser el futuro al saberse involucrados en temas que a la gente no le gustaba revolver, cosas de fondo, como discutir sobre la existencia del cielo y del infierno, y llegaron en varias ocasiones a considerar evaluar de nuevo los hechos y si acaso valdría la pena rectificar y ceder un poco en medio de las drásticas decisiones que habían adoptado. Era importante imaginar si acaso sería más saludable perdonar y olvidar, pero Rómulo, me explicaste, con sobrada razón estaba duro, él no podría perdonar a su madre y menos aún a Iñaki Machim, y cada vez que entraban a conversar sobre el endemoniado tema Rómulo terminaba cogiendo una borrachera de Padre y muy Señor mío. Así me lo contaste, recordando también que aquella había sido una época de graves peleas con tu padre, el insigne Ezequiel, quien para vos era el propio profeta de los tiempos del cautiverio babilónico, él, dispéptico crónico, lector compulsivo de la Biblia, me dijiste que parecía ser un protestante, adventista, “testículo de Jehová” lo denominaste, por cuanto te fastidiaba con una permanente citadera de las Sagradas Escrituras hasta que, llegó un momento cuando le dijiste, “chau contigo” y te largaste de tu casa sin haber concluido tus estudios de bachillerato. Te fuiste a vivir con las Villavicente en el barrio de La Pomona y yo me figuro que la impresión de tu viejo habría sido terrible. Hartos de tanto respeto y orden, vos y tu amigo parecían decididos a desertar del mundo familiar. Rómulo se había quedado atrás en los estudios, había perdido el tercer año de bachillerato, se lo pegaba parejo y agarraba unas borracheras vomitivas de las denominadas “abraza poseta”. Lo expulsaron del colegio. Vos viviste unos meses a que las Villavicente y al regresar a tu casa te enviaron interno para que no perdieses como tu amigo el año escolar. Realmente decidiste, afortunadamente diría yo, tratar de enseriarte en los estudios, y así llegarías a salir del colegio e ingresar al Liceo. Entonces deteniendo tu relato, me preguntaste con curiosidad que si acaso yo nunca había sido tanguero… Yo, creo que en el fondo sentía no haber compartido con él y con Rómulo aquellos años de parranda, y por eso le dije que sí. ¿Quién no lo ha sido?, le respondí insistiendo que en cualquier ciudad de América, en Medellín, en Maracaibo, en Los Andes, los tangos han sido parte de nuestra cultura musical y nos hablan de los conflictos citadinos, de amores y desengaños, primariamente. Esto le respondí al buen Murmullo y le hablé sobre El día que me quieras, le comenté que realmente el tango de Gardel fue sacado de una poesía de Amado Nervo, el mexicano poeta. Son las cosas de la poesía, le dije y añadí, que más extraño podría parecerle saber qué él mismo Amado Nervo escribió otro poema que dice, “Si tú me dices ven lo dejo todo” y a propósito de esa canción lo obligué a regresar al tema de sus enamoramientos juveniles, para que saliese de sus rencores alrededor del asunto religioso. Así fue como pude escuchar a mi amigo Murmullo aceptando que su vida en aquellos tiempos era un desastre. Ya le había perdido la pista a Zobeida y cuando se enredó con Elsa, viviendo en la casa de Sheila y Nola. Elsa era prima de las Villavicente. Sin duda alguna, la idea de meterse a cura, o de ser jesuita ya se había difuminado absolutamente de su mente y así fue como concluiría el bachillerato para entrar a estudiar en el Liceo, donde en dos platos podría resumirse la cuestión diciendo que allí se enamoraría de una cola de caballo que finalizaría por ser su mujer…

domingo, 13 de julio de 2014

Cartas entre Leopoldo López y Fernando Mires, 12 de Julio, 2014


Carta de Leopoldo López a Fernando Mires a propósito de sus artículos 
y respuesta de Fernando Mires a Leopoldo López
12 de Julio, 2014
Cárcel de Ramo Verde, 5 de julio de 2014
Estimado profesor Mires,
Le escribo esta carta desde mi celda en Ramo Verde con la esperanza que le pueda llegar a sus manos; esperanza incierta, ya que una de las violaciones a las que estamos sometidos los presos políticos en Venezuela es a la violación a la correspondencia. No sólo buscan leer todo lo que entra y sale, han llegado al punto de confiscarnos correspondencia en las tantas requisas a las que hemos sido expuestos.
Pero hablarle sobre nuestras condiciones de reclusión no es lo que me motivó a escribirle esta carta. La motivación es darle directamente mi punto de vista sobre lo que ha ocurrido y sigue ocurriendo en Venezuela. Le escribo a usted por la admiración y respeto que le tengo a su trabajo académico y también como una forma de agradecerle la permanente atención que le presta al complejo proceso venezolano. Armar el rompecabezas de lo que ocurre en nuestro país no es fácil, pero siendo usted un armador paciente y meticuloso de todas las piezas espero pueda contribuir en algo con esta reflexión.
El 22 de marzo, cuando cumplía un mes y unos días en prisión, tuve la oportunidad de leer un artículo suyo titulado “No es el gobierno, es el sistema”. Ese artículo lo leí, lo volví a leer y lo guardé. Le di importancia a ese escrito porque en su título está resumida nuestra lucha. No es Maduro, es el sistema; no es el gobierno, es el sistema. Algo similar a la famosa frase durante la primera campaña de Bill Clinton, “Es la economía, estúpido”. Es el sistema. En Venezuela es el sistema antidemocrático, corrupto, ineficiente y nutrido artificialmente por la bonanza petrolera desde hace ya una década.
Hoy es 5 de Julio, Día de la Independencia en nuestro país. Celebramos el hecho de que un grupo de venezolanos, luego de tres días de deliberación, decidieron declararse independientes y soberanos. No tenían el poder; el territorio y sus instituciones todavía dependían de España, de la España tomada por Bonaparte, pero dependían de otros. Y sin tener el poder ni la fuerza, pero sí el compromiso y el sueño de la libertad y la independencia, decidieron asumir el riesgo de declararse independientes. Había comenzado entonces la lucha que daría muchos años, vidas y dificultades antes de hacerse una realidad. Hoy 5 de Julio volví a leer un artículo suyo en donde afirma que nuestra propuesta de La Salida al desastre, la salida precisamente de la trampa del sistema, fue inoportuna.
Respetuosamente difiero de usted usando sus propios argumentos. Es el sistema, no el gobierno, lo que debemos cambiar. Y ése fue nuestro llamado en enero y febrero de este año, y por ese llamado, por las palabras que dije al llamar a un cambio de sistema, hoy estoy preso. Honrosamente preso, puesto que mantengo en mayúsculas cada una de las palabras que me trajeron hasta Ramo Verde.
Nuestra propuesta siempre ha sido popular, democrática y constitucional. La protesta es un derecho pero no un fin en sí mismo, es un medio para un fin, siendo el fin el cambio del sistema por las vías que ofrece la Constitución venezolana. Lo dijimos siempre: protestemos y hagamos de la indignación con el presente y de la esperanza de un mejor futuro la fuerza necesaria para abrir alguna de las compuertas que contempla la Constitución para un cambio de sistema, un cambio que como usted ha descrito en varias oportunidades es justificado cuando no hay legitimidad del desempeño democrático.
De las opciones que permite la Constitución, hemos optado por proponer la convocatoria de una Asamblea Constituyente que sirva como punto de encuentro para un verdadero encuentro y diálogo nacional que, más allá de tener una nueva Constitución, tengamos un nuevo pacto social que todos estemos dispuestos a promover y defender. En su artículo de hoy, usted dice que no hay la fuerza para una convocatoria de este tipo, punto con el cual también respetuosamente difiero. A diferencia de todas nuestras constituciones previas a la de 1999, la Constitución vigente en Venezuela le da la opción al pueblo a convocar por la vía de la iniciativa popular a un proceso Constituyente. La Constitución no se queda en el enunciado sino que delimita claramente cómo puede ser esta convocatoria, con el 15% de los electores inscritos decididos a firmar tal solicitud el Estado está en la obligación de activar un proceso Constituyente.
Allí está la opción para que sea el pueblo, la ciudadanía de manera directa, tenga la posibilidad de cambiar el sistema. Fácil no es, claro que no, como tampoco fue fácil la conquista de la Independencia en el siglo XIX o la conquista de la democracia en el siglo XX. Pero lo que sí es cierto es que si no comenzamos hoy, nunca llegará el mañana en que podamos efectivamente instalar una democracia vigorosa y fuerte que tenga como principal compromiso y aspiración la conquista de Todos los Derechos para Todas las Personas, una verdadera democracia social entendida desde el derecho de cada venezolano y la obligación del Estado de garantizar que todos seamos dueños de nuestros derechos.
Sé que esta propuesta es idealista y como tal ha entrado en el terreno de la fatalidad del pragmatismo. Pero le pregunto a usted, ¿qué proceso de cambio profundo, de cambio de sistema, no ha estado precedido por el sueño idealista de quienes deciden enfrentar el autoritarismo para cosechar libertad y democracia?
Un proceso Constituyente con el apoyo de millones de Venezolanos que plasman su firma sin miedo es una oportunidad para poner el debate donde tiene que estar, en la búsqueda de un cambio profundo hacia la democracia.
Ante la encrucijada en la que nos encontramos tenemos la obligación de alzar la mirada y soñar con una mejor Venezuela, una Venezuela de paz, bienestar y progreso que hoy está negada para casi la totalidad de los Venezolanos, una negación que fue la mecha que encendió la indignación de los jóvenes que salieron y seguirán saliendo a la calle a protestar por un mejor futuro.
Nos toca asumir riesgos, ya que sin riesgos no habrá victoria y la victoria que proponemos es para todos los Venezolanos, incluyendo a quienes nos adversan y oprimen.
Estimado profesor Mires, me despido de usted con mucho respeto y admiración esperando poder tener respuesta suya ante las inquietudes que aquí expongo.
Un fuerte abrazo.
Fuerza y fe.
Leopoldo López

A continuación la respuesta de Fernando Mires.
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Muy estimado Leopoldo López
Que usted, eludiendo la censura de la cárcel de Ramo Verde me escriba una carta, es para mí un honor. ¿Quién soy yo al fin? Un profesor jubilado de una universidad del norte de Alemania. Otro chileno, uno de los tantos que una vez buscaron refugio en las lejanías para rehacer vidas alteradas por una vil dictadura y que desde entonces, como otros, decidió pronunciarse en contra de toda dictadura, venga de donde venga. Por eso, recibir esa carta escrita con la mano de un luchador por la democracia, padeciendo injustamente en las cárceles de un régimen arbitrario, me ha hecho pensar en que tal vez yo no he escrito en vano. Permítame entonces, Leopoldo, darle, antes que nada, las gracias.
He seguido y sigo con mucha atención lo que sucede en Venezuela. Como usted dice, un rompecabezas muy difícil de armar. Ya era difícil de armar durante Chávez cuyo gobierno poseía una naturaleza doble. Por un lado era popular -popularidad legitimada en continuas elecciones- y por otro, autocrático y militar. Hoy, bajo el gobierno Maduro, ha cambiado el carácter político del chavismo. Maduro es mucho menos popular y su gobierno es mucho más militar y militarista que el de Chávez.
Esa fue la razón -pese a que no compartía los argumentos que cristalizaron en la, para mí, poco feliz fórmula de “La Salida” (Maduro vete ya)- por la cual saludé su llamado a protestar en las calles del Febrero venezolano. Ese llamado apareció en el momento justo, cuando en el amplio campo de la oposición parecía reinar cierta resignación o apatía.
Como es sabido, en las elecciones municipales de 2013, pese a que la oposición había obtenido una extraordinaria votación, ganando además en los centros más poblados del país, no alcanzó el objetivo que ella misma se había propuesto, a saber, la de convertir las elecciones en un plebiscito que crearía condiciones para una salida política constitucional.
No habiendo sido alcanzado ese objetivo, la tarea del momento debía ser, a mi juicio, otra. La podemos resumir así: sobre la base de la crisis económica provocada por el gobierno, se hacía necesario pasar a la fase de acumulación de fuerzas, lo que no excluye, pero sí incluye, la movilización en las calles. Y bien, esa tarea era y es, si tomamos en cuenta la profundidad de la crisis, perfectamente posible.
En efecto, yo mantengo la opinión de que un salto cualitativo en las luchas democráticas solo es realizable sobre la base de un crecimiento cuantitativo. Eso pasa en Venezuela por atraer a amplios sectores que una vez fueron seguidores del chavismo, como también a quienes no se sienten identificados ni con el gobierno ni con la oposición. Como apuntaba Hannah Arendt, mientras la violencia solo requiere de instrumentos, el poder será siempre el poder de las mayorías. Y ella, que conste, no se refería solo a los países democráticos.
Cuando yo escribí entonces que la lucha encabezada por los estudiantes venezolanos era en contra de un sistema de dominación, jamás sostuve que ese sistema podía ser cambiado en su totalidad. El artículo que usted menciona fue publicado originariamente en Chile (El Mostrador) y estaba destinado a contrarrestar una opinión de la señora Bachelet quien había afirmado, en relación a los acontecimientos venezolanos, que “no se trata de derribar gobiernos legítimamente elegidos”. Yo sostuve que los manifestantes, en su mayoría, no salían a derribar al gobierno, sino a luchar en contra de un sistema de dominación. Debo en ese punto quizás ser un poco más explícito. Cuando los comunistas, es un ejemplo, dicen, nuestra lucha es para derribar el capitalismo, no piensan que el capitalismo va a terminar en un plazo corto. O a la inversa: cuando los demócratas cubanos dicen: nuestro objetivo es liquidar al sistema castrista, saben que ese derribamiento ha estado y estará precedido por un larguísimo proceso. Derribar un sistema, a diferencias de derribar un gobierno, no es cosa de días sino de años. Usted lo puede ver en el mundo árabe. Caen y caen gobiernos, pero los sistemas de dominación se mantienen incólumes.
Más aún, hay elementos del sistema anterior que pueden y deben ser continuados por otros gobiernos. Por ejemplo, durante su campaña presidencial, Capriles planteó, y con razón, que las “misiones” –uno de los pilares del sistema chavista– no serían suprimidas en caso de ser él elegido presidente. En Chile, es otro ejemplo, el gobierno de Bachelet todavía gobierna con la Constitución de Pinochet.
En cualquier caso, un cambio de sistema presupone generalmente un cambio de gobierno o, por lo menos, un cambio en el gobierno. Y para eso, en Febrero de 2014 no había ninguna condición objetiva. Mucho menos si tomamos en cuenta que la oposición es política y socialmente hablando, muy heterogénea. Por eso escribí durante Febrero: “Si los estudiantes se adecuaran al ritmo de la MUD, sería un error. Pero si la MUD se adecuara al ritmo de los estudiantes, sería una locura”. También podríamos decir: “Sin voluntad de cambio nunca va a suceder nada, pero reducir la acción política a los actos de la pura voluntad, se paga muy caro”. Créame, lo último se lo digo por experiencia propia.  Mi escepticismo con respecto a “la salida” es el mismo que hoy mantengo frente a la alternativa que usted en estos momentos defiende, la de una Asamblea Constituyente.
¿Qué es una Asamblea Constituyente? Las palabras lo dicen. Es un acto convocatorio destinado a constituir políticamente a una nación, es decir, se trata de ratificar electoralmente una nueva Constitución. Por eso mismo una Asamblea Constituyente es un acto fundacional, o por lo menos re-fundacional. Eso es y ha sido así desde la Asamblea Constituyente de 1789 en Francia, la que certificó el fin del régimen monárquico.
La Asamblea Constituyente no certifica un cambio de gobierno sino un cambio de régimen. Eso presupone que, previamente a la Asamblea, el régimen anterior ha sido derrotado o derrocado. Quizás me equivoco, pero creo que en la historia moderna no hay ningún caso en el que un régimen haya sido cambiado por una Asamblea Constituyente, pero sí, algunos en los cuales la Asamblea ha surgido para dotar constitucionalmente a un régimen que de hecho había sido cambiado de modo previo a la votación constitucional. De más está decir que en Venezuela el régimen (o sistema) no ha cambiado, nadie ha sido derrocado y nadie desde la oposición ha tomado el poder.
Distinto fue el caso de la Asamblea Constituyente de 1999. El propósito de Chávez en ese momento era trazar una marca histórica que señalara claramente un “antes” y un “después” de Chávez, es decir, el fin de la “cuarta república”. Y evidentemente, ese propósito, por lo menos a nivel simbólico, fue logrado. La Constitución de Venezuela fue una Constitución, en sus orígenes, chavista.
Pero, atención, escribí “en sus orígenes”. Tantas veces ha sido violada esa Constitución por Maduro y su antecesor, que a la oposición en su conjunto no le quedó más alternativa que acogerse bajo su protección. Una de las últimas violaciones constitucionales fue la que llevó a Leopoldo López a la prisión por el delito de haber hecho uso legítimo del derecho a protesta, consagrado por esa misma Constitución.
Todos sabemos, por lo demás, que a Chávez, “su” Constitución (“La Bicha”) le molestaba, hasta el punto que intentó cambiarla por otra más “socialista”. El 2.12-2007 sin embargo, el pueblo venezolano, en magnífico acto de soberanía, negó a Chávez esa posibilidad, infligiendo la primera derrota electoral al chavismo. A partir de ese día la Constitución de origen chavista dejó de ser chavista y pasó a ser de todo el pueblo. Esa fue la razón por la cual la oposición la convirtió en símbolo y escudo. En otras palabras, la oposición adoptó e hizo suya a la Constitución.
Más todavía, en nombre de la defensa de la Constitución han sido obtenidas muchas victorias municipales y parlamentarias. ¿Cuántos candidatos opositores han levantado en alto el pequeño libro azul? No, Leopoldo. El problema principal de Venezuela no es constitucional ni constituyente; es mucho más profundo; es social y es político a la vez.
Una Asamblea Constituyente es, además, un acto electoral. Y ahí ocurre otro problema. El llamado a la Asamblea aparece en un horizonte en el cual ya se dibujan las elecciones parlamentarias que tendrán lugar en el 2015. ¿Está el pueblo venezolano en condiciones de soportar dos elecciones tan existenciales en un breve lapso? ¿O el llamado a las elecciones constituyentes excluye a las parlamentarias? La respuesta está en el aire, y al no aparecer, hay desconcierto, confusión, y sobre todo, división.
De hecho la oposición venezolana está dividida frente al llamado a la Constituyente. Según me informan, no hay más de tres partidos, de los muchos que la conforman, que están de acuerdo con ese llamado. Pero aunque fueran muchos más, el hecho es que ese llamado no suma, solo resta; no multiplica, solo divide. Y con una oposición dividida, la Constituyente, si es que llegara a tener lugar, solo significará una derrota inapelable para toda la oposición. No ocurrirá así con las elecciones parlamentarias.
La unidad que ha alcanzado la oposición es antes que nada una unidad electoral, y elecciones tras elecciones la votación opositora ha ido ascendiendo. Ese es un hecho objetivo. Las elecciones periódicas, han sido, además, la oportunidad que ha tenido el conjunto de la oposición para desplegar su política en calles, barrios y cerros.
A diferencia de una elección constituyente, donde los electores votan por una fría palabra, “si” o “no”, en las parlamentarias votan por personas de carne y hueso. Más allá de los resultados, la oportunidad que tienen los candidatos de entrar en contacto directo con los problemas de la gente, es única. En las campañas electorales, la política entra a la calle. Usando una imagen, podríamos decir que en esas campañas tiene lugar una lucha “cuerpo a cuerpo”.
¿Para qué desperdiciar una oportunidad, quizás la única que se tiene para integrar las luchas sociales con las luchas políticas? Comparando la efervescencia social que produce una elección parlamentaria con un llamado a cambiar la Constitución, yo diría que la primera es más radical y la segunda más conservadora, aunque sea defendida por sectores considerados radicales.
Hace un tiempo escribí un artículo cuyo título es una tesis: “Cómo transformar las elecciones en protesta social sin que dejen de ser elecciones” Justamente de eso se trata. Así lo demostraron las elecciones en San Diego y San Cristóbal. Como ya he manifestado en otras ocasiones, elecciones sin protesta social están destinadas a perderse; protestas sociales sin elecciones en cambio, están destinadas a estrellarse en contra del aparato militar y para-militar del régimen.
Leopoldo, yo estoy seguro de que si la oposición se une, y las cosas se hacen bien, Venezuela se puede llenar de muchos sandiegos y de muchos sancristóbales. Eso es, para mi al menos, más importante y decisivo que una Asamblea Constituyente, que un Congreso Ciudadano, o que cualquiera otra propuesta u ocurrencia unilateral, por más brillante que esta sea.
La unidad, la unidad es el primer requisito. En aras de la unidad, en momentos como los que vive Venezuela, hay que sacrificarlo todo, incluyendo proyectos personales. Naturalmente la unidad solo puede surgir frente a objetivos comunes. Pero en ese mismo sentido estoy seguro de que lo que une a la oposición es mucho más de lo que la desune.
Hay muchas razones para protestar unidos en Venezuela. La situación económica, sobre todo la de los más pobres, es desesperante. Inflación, escasez, trabajo precario, delincuencia, y sobre todo, violaciones a los derechos humanos, son lacras que nadie puede desconocer. Ese es el saldo del llamado socialismo del Siglo XXl.
Un régimen que ha unido el destino del país con el de la dictadura militar cubana, un régimen militarizado que miente día a día, un régimen que dispara a mansalva a estudiantes desarmados, un régimen que persigue y encarcela a políticos para usarlos como rehenes, mientras un ex ministro declara que el dinero de todos los venezolanos es usado para financiar campañas oficialistas, eso y mucho más, define de por sí a un régimen perverso. Solo la más absoluta unidad podrá derrotarlo.
Leopoldo, no quisiera terminar estas líneas, más allá de cualquiera divergencia, sin manifestar toda mi solidaridad frente a los duros momentos que usted está viviendo. Solidaridad que hago extensiva a su valiente esposa y a toda su familia. Vendrán días mejores; de eso estoy seguro. Que Dios los proteja.