El Dr Rafael Muci Mendoza, en uno de sus brillantes artículos “Elogio del doctor Jekyll, Mister Hyde y el
Hospital Vargas…” se refirió a una historia sobre la extraordinaria
semejanza de las amibas con el pasmoso caso del Doctor Jekyll y Mister Hyde de Robert L. Stevenson (1886), y lo
presentó como el caso de un cambio de carácter, según él, “de tipo amebiano”. ¿Quién
sabe si existen seres así?
A la luz del sol o en las sombras más bien, diría yo que es la amiba, un
ser durmiente y aunque pequeña y acorazada su aspecto es anodino… “Pero
no más al ingresar en las perpetuas tinieblas de la cavidad colónica, se
apodera de ella un genio satánico y destructivo ¿Acaso no existe un terrible
parecido a la dual naturaleza del hombre con su anverso bondadoso y su envés
perverso?” Jekyll apacible… ¿Y Hyde? ¿Un malandro?
¡Oh! Me dije, esto ya lo he pensado, o lo he escrito antes, y en este
blog… Pues sí, ante la descripción de la malvada amiba en el colon, regresé a
un desagradable recuerdo, y justamente, sería a propósito de “los amigos”, tema
comentado en lapesteloca,
desde febrero del 2019 cuando me refería a “una
mancheta” de El Nacional que rezaba “Amigo, el ratón del queso”.
Nuevamente, y no hace tanto tiempo, el 10 de diciembre del año 2023 hube de
relatar la historia de una estafa perpetrada por un Jekyll falsario quien de “apreciado amigo” que hasta profesor es,
tristemente le ví transformándose en Hyde y me acordé de Rubén el cantautor
panameño por aquello de que “la vida te da sorpresas, sorpresas te da la
vida”, si señor...
Ya había releído a Stevenson y conocía el asunto del desdoblamiento de
la personalidad, un aspecto que literariamente también fue examinado por el
alemán, E.T.A. Hoffmann quien, impresionado por El Monje, de
Matthew Lewis publicaría luego Los elixires del Diablo una novela
gótica, pero fue Stevenson quien decidió incorporar el tema del brebaje que el
doctor Jekyll se bebería, aunque yo podría asegurar que el malandro en cuestión
no estaba drogado ni borracho, era que sencillamente “su naturaleza” y la tenía
camuflada…
En su forma
vegetativa la amiba “cometejidos” es
una especie de microscópica gelatina insaciable, propulsándose con falsas patas
o pseudópodos, secretando sustancias digestivas de gran poder destructivo para
así alimentarse de los tejidos. La expresión de su poder lítico da lugar a
la disentería amebiana con cólicos abdominales, y diarrea que pronto será moco
y sangre, y un terrible “pujo” producto de numerosas ulceraciones simulando
picaduras de pulgas o uñazos que se ven por doquier en el colon,
particularmente en sus últimos tramos izquierdos y en el recto. Así describiría
el Dr Muci Mendoza los estragos de la Entamoeba histolitica y continuaría su
explicación de esta manera:
“En su desatado
apetito llega a invadir las venas ganando acceso al torrente sanguíneo desde
donde, como torpedos infectantes son disparados hacia el gran desaguadero de la
vena porta que va a depositarlos en su última posta, la glándula hepática y
especialmente en su lóbulo derecho. Por pelotones se atascan en aquellos
ramales cuyo reducido calibre no les permite proseguir. Allí, las condenadas
una vez más, ponen en funcionamiento sus taladros químicos y pasan al tejido
del noble órgano al cual convierten literalmente en “pate de foie” –hepatitis amebiana—, para después formar
cavidades rellenas con pus de aspecto achocolatado característico -absceso
hepático amebiano- Me he atrevido a copiar el texto de mi amigo el maestro Dr Muci,
aprovechando su prosa radiante y precisa en el artículo en cuestión donde
además de las amibas, nos habló del Dr Acosta Ortiz, apodado “el mago del
bisturí”.
Era la época de
Acosta Ortiz quien en asociación con el doctor
Luis Razetti, “en cinco años (1894-99) operaron 69 enfermos de hepatitis
supurada de los países cálidos con una mortalidad general de 24,60%”, y sobre
el advenimiento de la emetina introducida por Roger en La India en 1912, que libró posteriormente a muchos
enfermos del escalpelo del cirujano”. Nos contaría el Dr Muci Mendoza
también que… “Nuestra memoria retrógrada, está perdida y ha olvidado las lecciones de
nuestros ancestros, e intereses ideológicos torcidos disfrazados de interés
gremial o interés en el pueblo dirigen a nuestros jóvenes a espaldas del
sufrido paciente y quizá no fue
infundada la angustia de Noriega Trigo cuando temió que por la apertura del Hospital
Universitario de Caracas, “el monumento de Acosta Ortiz en el Hospital Vargas
quedaría desolado y abandonado por las generaciones de estudiantes y médicos”. Así
sucedería…
Recordé
entonces que en mi novela “El movedizo
encaje de los uveros” (Ediluz,2004), el bachiller Rangel escucharía sonriendo
las preguntas del cirujano Acosta Ortiz, quien quería saber también novedades
sobre el tema de los abscesos del hígado y de cómo se asocian las infecciones
bacterianas con las lesiones provocadas por los parásitos. El asunto les
conduciría a rememorar viejos tiempos, cuando comenzaba a funcionar el
laboratorio del hospital Vargas y ambos hacían investigaciones sobre las
amibas. Parecía haber sido muchos años atrás, pero en realidad, ambos habían
logrado mirar casi un centenar de casos de abscesos amibianos del hígado... Rangel
le decía al mago del bisturí…
-Cuando era usted quien punzaba los abscesos
hepáticos, siempre logré identificar las amibas con el microscopio. Acosta
Ortiz insistía ante el bachiller en que para obtener buenos resultados no tenía
nada que ver la persona que hiciera la punción. -El secreto reside en la diligencia para llevar las muestras desde el
hígado hasta el microscopio. -Ciertamente.
El pus de los abscesos debe viajar rápidamente hasta el observador. El
bachiller Rangel le explicaría a su amigo que esa era la razón por la que nunca
llegó a ver amibas cuando trabajaba en el Instituto Pasteur con el doctor
Santos Dominici. -El pus de las punciones
matutinas lo examinábamos por las tardes... Acosta hizo gestos afirmativos
y entonces elogió la labor cumplida por el Laboratorio del hospital.
En dos
semanas y por partes, tontamente llegué a cancelarle a Jekyll, la cantidad de 6.417,00 Bs que puede no parecer mucho
dinero, pero para un profesor universitario que vive de su sueldo, y de los ridículos
bonos del gobierno, creía ameritar una mayor seriedad, o un recibo, o más claridad,
más allá de repetirme, “deposítame
otros 50 dólares más”. Cuando “el profe” ya no era Jekyll, sino propio mister Hyde
quien aullaba gritándome casualmente en el día de mi cumpleaños número 84,
utilizando un lenguaje soez y prostibulario: “Me pagais mi verga, viejo coñoemadre”... Entonces pensé...
Hay muchos malandros... Andan por ahí, que juegan garrote, hasta disfrazados de
promotores culturales, y hasta de profesores...
Dos días después Hyde me escribiría amenazándome con destruir los libros, en
proceso, como si aquello tuviese alguna importancia. Me tocaría a mi presenciar
in vivo el fenómeno de Stevenson y descubrir aquella lamentable transfiguración
al ver a Jekyll transformándose en
un basilisco para desvelar su oculta calaña de Hyde, sin mediar brebajes burbujeantes lo cual me demostraría que
Stevenson no estaba lejos de conocer que existen estos seres, haciéndome ver en
aquella realidad actual ya más de un año atrás, un reflejo de lo escrito en
Inglaterra cuando ya han transcurrido varios siglos desde entonces.
Para un buen conocedor en todos sus detalles
submicroscópicos de la potencia letal de las amibas fue una muy desagradable
experiencia las comparaciones sobre la voracidad de las amibas histolíticas y “el
carácter lítico” al comprobar in vivo cómo fue que el profe Jekyll se
transformaba en el malandro Hyde, sin necesidad de beberse ninguna poción
burbujeante, ni siquiera un purgante; aquel habría de ser un desdoblamiento
“por unos cobres”… Así, con el correr de los meses y seguramente que de los
años, seguirá siempre impresionándome tristemente el fenómeno de “el carácter amibiano”
que describiera el Dr Muci Mendoza.
Maracaibo, sábado 1 de
febrero del año 2025
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