¿Qué conceptos se te vienen a la cabeza cuando
piensas en Chernóbil? Quizás sea central nuclear,
desastre, radiación, letalidad o lugar inhóspito. Y no estarían mal: se trata
de un ambiente contaminado por radiación donde, incluso, es raro encontrar
insectos. Pero es curioso ya que, a pesar de estar abandonado desde hace décadas… sigue
habiendo vida en él. En las sombras de este entorno tan hostil, crece
un hongo negro que no solo sobrevive a la radiación, sino que se alimenta de
ella.
Decíamos ayer que los hongos parecían estar creciendo a expensas de la
fuente de radiación remanente en la planta nuclear de Chernóbil. Que había
muchos hongos, tantos que una microbióloga del Instituto de Microbiología y
Virología de Kiev, la Dra
Zhdanova, viajó a la zona para
estudiar qué eran esos hongos que estaban conquistando no solo las paredes
del reactor nuclear de Chernóbil sino cada centímetro de tierra que lo rodeaba.
Los autores observaron efectos similares en la capacidad de transporte
de electrones de estos hongos luego de exponerlos a radiación no ionizante. Los
hongos melanóticos también podrían ser capaces de usar luz o radiación calórica
para su crecimiento. Lo que señalaba que la
melanización, tiene un coste metabólico elevado para las células fúngicas.
En ausencia de radiación, algunos hongos sin melanina (que habían sufrido
mutaciones en la vía de biosíntesis de melanina) crecieron a mucha más
velocidad que sus equivalentes melanizados.
La presencia de moléculas de melanina en la pared celular de los hongos podría limitar
la incorporación de nutrientes, y se podrían formar compuestos
intermediarios tóxicos para la célula durante la síntesis de melanina. Esto es consistente con la observación de que
a pesar de que muchos hongos son capaces de producir melanina, no lo hacen
durante todo el tiempo, sino en respuesta a un estímulo externo
durante diferentes etapas de su desarrollo. Se
desconoce cuál es el proceso bioquímico exacto incluyendo los
intermediarios químicos.
Las melaninas son uno de los grandes pigmentos
naturales, que son sintetizadas por miembros de todos los reinos biológicos,
incluyendo hongos, bacterias y helmintos que causan enfermedades en humanos.
Las melaninas se polimerizan a partir de compuestos fenólicos y/o indólicos
formando pigmentos hidrófobos con carga negativa y alto peso molecular lo que
incluye la capacidad de la melanina para alterar las respuestas de las
citocinas, disminuir la fagocitosis y reducir la toxicidad de los péptidos
microbicidas, las especies reactivas de oxígeno y los fármacos antifúngicos,
así como para desempeñar un papel importante en la resistencia mecánica de la
pared celular fúngica.
El Cladosporium
sphaerospermum no solo desafía lo que creíamos posible sobre la Tierra,
sino que también podría ser útil a la hora de salir de ella. Su
nombre científico es Cladosporium
sphaerospermum, pero algunos lo llaman “el hongo fotosintético de la
oscuridad”. Aunque suene como si se tratase de una criatura sacada de
una novela de ficción, es un organismo muy real y crea una gran curiosidad
entre el panorama científico, no solo porque desafiase lo que creíamos posible
sobre la vida en la Tierra, sino porque también podría ser útil a la hora de
salir de ella.
Este curioso hongo fue descubierto en uno de los lugares donde, menos se
esperaba descubrir algo: en las ruinas de la central nuclear de Chernóbil, en Ucrania. Tras el desastre
nuclear de 1986, la zona se convirtió en un entorno tan contaminado por
la radiación que se volvió inhabitable para la mayoría de las formas
de vida. Pero, sorprendentemente, este hongo no solo resistió esas condiciones,
sino que prosperó en ellas.
De hecho, a diferencia de otros organismos que intentan escapar de la
radiación, Cladosporium sphaerospermum parece buscarla.
Se ha observado que crece más rápido en zonas con mayores niveles de radiación
gamma, lo cual llamó la atención de los científicos. ¿Cómo era aquello posible?
Pues bien, la respuesta resultó recaer en un pigmento que nosotros conocemos
muy bien: la melanina.
La melanina es la sustancia que está presente en
nuestra piel y que nos protege parcialmente de los rayos ultravioleta del Sol.
Pero en este hongo, este pigmento adquiere una función muy diferente: es como
una especie de antena que capta la radiación ionizante, como la
gamma, y la transforma en energía química que el hongo puede utilizar para
crecer.
Este proceso, al cual algunos científicos llaman “radiosíntesis”,
se asemeja a la fotosíntesis de las plantas, pero con una diferencia clave:
mientras las plantas usan la luz solar, el hongo usa este tipo de radiación
invisible. La melanina absorbe esa energía radiante y, a
través de reacciones bioquímicas en la célula del hongo, convierte parte de esa
energía en compuestos que le sirven como “combustible” para su metabolismo. Por
hacer una analogía más cercana, podríamos decir que este hongo “come” radiación
de la misma forma que las plantas “comen” luz solar. Por supuesto, no es
exactamente lo mismo a nivel molecular, pero el concepto general es
muy parecido: convertir una forma de energía dañina para muchos en una fuente
de vida.
Curiosamente, uno de los usos más prometedores de
este hongo está… fuera de este
mundo. Y es que la radiación es uno de los grandes
obstáculos de la exploración espacial. Fuera del campo magnético
de la Tierra, los astronautas están expuestos a altos niveles de radiación que
podrían causarle daño a nivel celular, enfermedades e, incluso, cáncer. Por
ello, para colonizar Marte o ir más allá, necesitamos nuevas
formas de protegernos. Y aquí es donde entra nuestro protagonista. En
el año 2020, un experimento llevado a cabo en la Estación Espacial
Internacional demostró que este hongo era capaz de reducir los
niveles de radiación en su entorno. De hecho, se observó que, incluso una capa
delgada, de apenas 2 milímetros, era capaz de bloquear una
parte significativa de la radiación. ¿Te imaginas un hábitat marciano cubierto
de una “piel” de hongo? Sería como un escudo biológico y autorreparable, que
crecería con el tiempo y se alimentaría de lo que para nosotros sería letal.
Las posibles aplicaciones de este hongo no terminan en Marte. En
la Tierra, los investigadores también están explorando cómo la melanina de
estos hongos podría usarse en tratamientos médicos para
personas expuestas a radiación, como pacientes de cáncer que reciben
radioterapia. Además, también se estudia su potencial en
biotecnología, como la creación de materiales que cambien su
comportamiento al entrar en contacto con distintos tipos de radiación. Hay
quienes imaginan usar hongos como sensores biológicos de radiación,
o como parte de nuevos sistemas de producción de energía.
El principio de transformar energía peligrosa en energía útil ya está en
marcha, y este hongo, no cabe duda, nos está mostrando cómo.
Fin de los hongos de Chernobil en Maracaibo, el jueves 8 de
enero del año 2026