El 20 de diciembre del año pasado 2025, en este blog (lapesteloca) escribí sobre Leonardo
Padura (La
Habana, 1955), el escritor cubano residente en La Habana, en un artículo (https://surl.li/ntczvp) que parecía
interrogar si acaso era que… ¿Todos mienten? No obstante, comenzaba recordando
el interés personal por la figura de León Trotski del autor de la brillante
novela El hombre que amaba a los perros en
varias ocasiones ya comentada en este blog.
El año
2025, a unas horas de recibir el doctorado Honoris Causa de la Universidad de
Guadalajara, y en el marco de la 39 Feria Internacional del Libro de
Guadalajara, Padura presentaba su reciente novela Morir en la arena, y afirmaba que: … “En este marasmo de estados de la verdad, al menos una cosa parece
ser cierta: la ignorancia programada es hoy una realidad política
suprasistémica y universal, y cada vez nos resulta más difícil saber dónde
encontrar la verdad. Y decidir si alguien nos miente. ¿O es que todos mienten? Pregunta a la que respondía yo
mismo, diciendo en maracucho con su
acento vernáculo que no faltaría quien sonriendo le respondiese al Padura de la
Habana… “Serán argunos”…
Pero resulta que hoy, poco antes de haber transcurrido un mes desde el
año pasado, he tenido noticias sobre la obra “Agua por todas partes” de Leonardo Padura, que
recién ha sido editada por TusQuets Eds, la cual no es un ensayo, ni una
autobiografía, ni un manual de literatura, ni una novela formal, aunque se
disfrace de todos estos tópicos a cada rato, simulando ser más bien una
declaración de estado, como si Padura dijera: “esto es lo que soy cuando ya no necesito convencer a nadie”.
Desde el inicio del tema húmedo, queda claro que Padura no escribe para
explicar lo que es él, ni lo que es Cuba. Sin decirlo, él explica su tozuda
decisión de seguir siendo “el escritor en
La Habana”. Leonardo Padura escribe para permanecer, que es la palabra que
lo atraviesa todo, aunque no aparezca escrita. Permanecer en la isla, en La
Habana, en la ciudad, el barrio, la casa, permanecer en la lengua, en la
memoria. Permanecer cuando quedarse duele más que irse. Existe una frase de
Virgilio Piñera que no funciona aquí como cita literaria, sino como un
diagnóstico existencial. El agua no
es solo geografía, el agua es límite, es cerca que lo rodea, es espejo que lo
refleja, amenaza desde siempre, pero es tentación y excusa. El agua es lo que
te circunda cuando no hay otros caminos posibles. El Malecón es una frontera
mental.
Virgilio Piñera (1912-1979) como lo hizo
también Reynaldo Arenas (1943-1990) quiso revisar y corregir su obra literaria,
ambos le hicieron cambios para cumplir con los estrictos criterios exigidos,
pero nunca lograron convencer a los editores para publicarla. “Se le aconsejó”
a Arenas quitar lo erótico y lo homosexual de la novela para que se pudiese
publicar a lo que él este se negó rotundamente, es aquellos inicios de la
revolución la escritura era el único tipo de libertad que tenía en la isla.
Padura no hace un drama ni un romance con el tema de su encierro, pero
tampoco glorifica la huida. Lo suyo es más incómodo aun, es asumir algo que
parece una absurda contradicción sin resolverlo. Es estar dentro y duele mucho,
tanto como estar afuera que también dolería. No hay una síntesis limpia. Solo
hay lealtades, aunque ellas se paguen caro. Como lector, lo que más impresiona
es el tono del “agua por todas partes” pues no hay grandilocuencia ni
victimismo y lo que hallamos es una sobriedad cansada, una lucidez que ya pasó
por la rabia y decidió quedarse en la intemperie. Cuando describe a, La Habana,
el reguetón, el deterioro, la economía absurda, no lo hace como cronista ni
como juez moral, sino como alguien que no puede desentenderse porque está implicado
en el todo del asunto hasta los huesos.
La ciudad aparece como un organismo que se desdobla: es la Habana postal y la Habana real; la
Habana que se vende y la que sobrevive; la Habana que se ilumina para otros y
la que se apaga para los suyos. Y en medio de todas estas contradicciones se
encuentra Padura, el escritor, que no se concede el privilegio de la distancia.
Escribir desde dentro puede ser que contamine, pero también que muestre la
verdad.
Hay una idea que atraviesa todo el libro como una corriente subterránea:
el escritor no pertenece a un país, pertenece la Habana, a una ciudad, y más
aún, a un barrio, a una casa, a una memoria concreta. La literatura no nace del
mapa político, sino del territorio afectivo y Leonardo Padura se coloca en una
posición incómoda para todos: no es un disidente épico, ni una voz oficial; no
es un exiliado ni un propagandista. Es algo mucho más difícil de tolerar: es
alguien que se queda y piensa y en ciertos contextos, pensar es más subversivo
que gritar. No se habla solo de Cuba. Se habla de cualquier lugar donde la
pertenencia se vuelve carga, donde amar un sitio implica aceptar su desgaste,
su ruido, su fealdad, su fracaso parcial.
El escritor no esquiva el ámbito personal y nos muestra la parte más
íntima de su trabajo, la mesa donde cobran vida sus personajes y sus tramas que
luego pasan a formar parte de celebradas novelas. Nos describe con un brillante
relato el cómo se transforma en material narrativo lo que empieza siendo una
tenue luz en la mente del escritor. El propio autor nos revelará que: “entre una obsesión abstracta, casi
filosófica y el complicado proceso de escribir una novela, existe un trecho
largo, lleno de obstáculos y retos”. Padura lleva gentilmente y de la mano
al lector, mientras él mismo se encarga de iluminar ese complicado camino hasta
dejarlo a las puertas de la novela.
Padura, le permite al lector curiosear por
todo aquello que rodea y conforma su escritura y este como otros libros de Leonardo Padura están
hechos de historia, y de literatura. La nueva obra de Padura, el narrador de La
Habana, es una celebración al humo de un cigarro cubano, a la emoción del
béisbol y a la música. En suma, es un homenaje al género de la novela, del que el
escritor se siente deudor y promotor de este invento cultural que lleva siglos
siendo una herramienta de transformación de la sociedad y un reflejo de ella.
"Yo quisiera ser Paul Auster" es uno de los textos que componen "Agua por todas partes", donde el narrador cubano dice lamentarse de que en las entrevistas a las que se somete le consulten mucho más sobre la realidad de su país que sobre sus libros, o que se imaginen que él es un "astrólogo, un pitoniso y hasta un babalao", y le exigen fechas precisas sobre los hechos que cambiarán el futuro de sus compatriotas. La pregunta en sus encuentros con periodistas es siempre una explicación para entender por qué ha elegido quedarse en Cuba, en vez de hacer su carrera de escritor en más favorables para la elaboración y difusión de su trabajo.
La intención de responder esas preguntas con
honestidad ha animado a Padura a escribir las piezas que integran este volumen,
donde el amor por su país, su literatura y su historia personal se despliegan
sin por ello dejar de señalar los problemas de una nación donde la normalidad
se ha convertido en poco menos que un milagro. El testimonio de Padura,
quien es uno de los integrantes de una nueva camada de escribidores de oficio
quienes llenan de páginas y páginas dedicados a contar desde sus inicios como
escritor entre sus propias dudas personales y las inevitables restricciones
ideológicas para ofrecer al mundo una contribución valiosa acerca de la muy
poco conocida etapa por la que ha transitado la literatura cubana.
El relato de Padura sobre el aprendizaje de un
escritor en los años de la caída de la Unión Soviética, y durante el terrible
Período Especial es real, es real y muy sufrido donde siempre ha permanecido
latente la esperanza de estabilidad en la isla-país. Así lo ha confesado el autor de El hombre que amaba a los perros y
ahora de Agua por todas partes una
obra heredera de la maravilla que sentía Piñera por vivir en un pequeño lugar
del mundo que es más grande de lo que parece para cada uno de los cubanos que
así lo sienten.
Maracaibo,
el lunes 12 de enero del año 2026