lunes, 4 de mayo de 2026

Las Danzas polovtsianas


Mi historia de hoy, en mayo del 2026, se remonta a una época muy lejana, de cuando estudiaba el bachillerato, y recordaría a Jesús Cupello, uno de mis compañero del Gonzaga y después colega ya fallecido, a quien una vez el padre Villar (un joven maestrillo jesuita con gran talento y amplio conocimiento musical), le escuchó en el recreo silbando una melodía y al preguntarle que, ¿de dónde conocía las “Danzas polovtsianas” de Borodin?, Jesús sorprendido le dijo que no, que eso era de una película que recién había visto y que se llamaba “Un extraño en el Paraíso”…

 

El episodio se grabó en mi memoria y creo haberlo relatado en este blog en 2017, por eso, ayer-hace un par de días- cuando mi hijo mayor Jorge Eduardo, me comentaba que Ella, “mi nieta brillante”, bailaría de nuevo y por última vez con la Academia de Ballet donde desde muy niña ha venido danzando en innumerables ocasiones (-antes de comenzar su carrera universitaria en Brown University en Rhode Island al sur de Boston), quisiera hablar de Alexandre Borodin y sobre su reducida producción musical, la cual alcanza su clímax en su ópera “Knyas Igor (El príncipe Igor) y, referirme particularmente a las famosas danzas de los pólovtsy o danzas polovetsianas de Borodin, quien era médico, químico y también era uno del grupo de cinco grandes músicos rusos.

 

Borodín nació en San Petersburgo en 1833. Era hijo ilegítimo de Luka Gedevanishvili, un noble georgiano, que lo inscribió como hijo de uno de sus siervos, Porfiri Borodín. Su madre de 25 años, fue Evdokia Constantínovna Antónova apodada por el diminutivo Dunia. Su padre murió cuando Alexander tenía 7 años, pero él lo incluyó en su testamento. Alexander fue autodidacta, aprendió a tocar flauta, violonchelo y piano. Tuvo una vida confortable y recibió clases de piano, francés y alemán. A los catorce años ya hablaba con soltura alemán, francés, inglés e italiano, y tocaba el piano y la flauta. A los 15 años se inscribió en la Facultad de Medicina, y en 1850 ingresó en la Academia Médico-Quirúrgica de San Petersburgo, donde estudió botánica, zoología, cristalografía, anatomía y química.

 

En 1856 se licenció y fue nombrado profesor ayudante de Patología General. En 1858 recibió el título de doctor en medicina con su tesis “Sobre las analogías de los ácidos arsénico y fosfórico en su comportamiento químico y toxicológico”, la primera que se presentaba en ruso, y no en latín, en una universidad rusa. Entre 1859 y 1862, trabajó en la universidad alemana de Heidelberg, en el laboratorio del químico Emil Erlenmeyer, hoy recordado por el matraz que lleva su nombre. También pasó una temporada en la Universidad de Pisa. En 1862, Borodín regresó a San Petersburgo, donde comenzó a estudiar composición musical con Mily Balakirev a la vez que ejercía de profesor de Química de la Academia de Medicina. Por acá comenzó esta historia…

 

La trayectoria científica de Aleksander Porfírievich Borodin, osciló prontamente hacia la química. Su vocación lo inclinaba hacia la investigación, más que hacia la práctica hospitalaria, a veces cruel. La Academia Militar de San Petersburgo, en la cual recibió su formación, lo integró prontamente a su cuerpo de investigadores y docentes. Su investigación sobre los aldehídos transformó a Borodin en una verdadera autoridad en la materia, hasta el punto de compartir con Charles-Adolphe Wurtz, científico alemán, el mérito de descubrir la reacción aldólica. En 1858 publicó su investigación sobre Analogía del ácido arsénico con el fosfórico, la que le valió reconocimientos internacionales.

 

Pero aclaremos primero lo de la música, aquella que silbando Jesús Cupello escucharía el padre Villar: “Un extraño en el paraíso”, la película que recién mi compañero había visto, era un filme del año 1955, dirigido por Vincente Minnelli y Stanley Donen y protagonizado por Hodward Keel, Ann Blyth, con Dolores Gray, Vic Damone, Monthy Wolley, Sebastian Cabot y Mike Mazurki. La película recreaba la historia de un califa quien decide vivir de incógnito entre los habitantes de su reino para saber lo que piensan realmente de su gestión, y así conoce a una joven de la que se enamora; pero las diferencias sociales son tan profundas que el califa no sabe si debe desvelar su verdadera identidad...

 

Con ese argumento surgió la obra musical “Kismet (Kismet es una palabra que se utiliza en Turquía para referirse al destino, la suerte o el plan divino que determina el curso de la vida. Se cree que cada persona tiene un destino único e inevitable que ya está predeterminado…). “Kismet” triunfaría en Broadway y el año 1953 fue la ganadora del mejor musical de 1954 e inmediatamente dio origen a la producción de la Metro Goldyn-Mayer dirigida por Minnelli el año 1955, con la música de Aleksander Porfírievich Borodin.


El carácter exiguo de la producción musical borodiniana se explica por el escaso tiempo que dedicaba a la crear musica. Se le conocen tres sinfonías tradicionales, inconclusa la tercera; canciones aisladas y dos inefables cuartetos de cuerda, entre los que destaca el segundo, verdadera joya melódica y contrapuntística. “En las estepas del Asia Central”, que su obra maestra, y describe el lento y progresivo encuentro de dos caravanas, representadas con armónicos del primer violín y el corno inglés. La ambientación de la obra, su creciente tensión dramática y, sobre todo, la belleza melódica que asoma constantemente, la hacen comparable con la Noche en el monte Calvo de su amigo Modest Mussorgsky o con “La gran pascua rusa”, de Nicolai Rimski-Korsakov. La reducida producción musical de Borodin ya señalamos que alcanza su clímax en su ópera “El príncipe Igor y, particularmente, en sus danzas polovetsianas. Su ancestro nacionalista crece en esta imborrable mezcla de ritmos, sonidos y sensualidad, que tan pronto llama a la guerra como a la paz.

 

Borodin habría de fallecer en un baile de disfraces que ofrecía en su residencia, cuando súbitamente moriría víctima de una apoplejía que le arrebató la vida en medio del proceso de creación de su tercera sinfonía.

 

En Maracaibo, el lunes 4 de mayo de 2026

domingo, 3 de mayo de 2026

Un pulpo carnívoro


Desde septiembre en 2017 conversábamos en este blog sobre los pulpos y su habilidades, hablamos de los pulpos “de sangre azul” (https://bit.ly/3mVTpe7). Algunos investigadores dadas sus extrañas habilidades han llegado incluso a proponer que los pulpos vinieron del espacio. El 3 de agosto de 2015, cuando el genoma del pulpo se publicó en 'Nature', algunos de los científicos que trabajaron en su secuenciación se referían a este animal como a “lo más parecido a un extraterrestre” .  En septiembre, el año 2022 mostramos unos pequeños pulpos de anillos azules (https://bit.ly/3mZUiSO) que son muy venenosos, pero regresemos a los pulpos gigantes…

El “Kraken” era una criatura fruto de la imaginación humana, el pulpo gigante que se enrollaba alrededor de los barcos y los arrastraba al fondo del mar para devorar a sus marineros, según las leyendas. Ahora conocemos un estudio publicado en la revista Science donde se demuestra que la leyenda tenía un fundamento paleontológico asombroso. El estudio describe dos especies de pulpos con enormes aletas, potentes mandíbulas y posiblemente inteligentes, que cazaban en los mares del Cretácico; se ha descubierto un pulpo carnívoro de hace cien millones de años que medía 19 metros…

En los océanos del Cretácico tardío, hace entre 100 y 72 millones de años, existieron pulpos gigantes con aletas que podían alcanzar los 19 metros de longitud, que eran carnívoros y que ocuparon la cima de la cadena alimentaria, compitiendo con los grandes reptiles marinos que hasta ahora se consideraban los únicos amos de aquellos mares.

El equipo científico que ha hecho este descubrimiento, está liderado por Shin Ikegami, de la Universidad de Hokkaido (Japón), e identificó dos especies de cefalópodos extintos —Nanaimoteuthis jeletzkyi y N. haggarti— a partir del análisis de 27 mandíbulas fosilizadas recuperadas de sedimentos marinos de Japón y de la isla de Vancouver, en Canadá. La especie mayor, N. haggarti, habría alcanzado entre 7 y 19 metros de longitud total, cifras que la sitúan entre los invertebrados más grandes jamás descritos en el registro fósil, y que la colocan al mismo nivel que los mosasaurios, los gigantescos reptiles marinos del Cretácico, y los plesiosaurios (ver).

Los pulpos siempre han sido muy difíciles de estudiar en el registro fósil porque son invertebrados. A diferencia de los dinosaurios, no dejan huesos, y a diferencia de los amonites, no dejan conchas. Lo que sí perdura son sus mandíbulas, estructuras duras que los científicos llaman “picos” por su parecido con los de las aves de presa. Esos picos, cuando se conservan bien, cuentan muchas historias: no solo permiten calcular el tamaño del animal, sino también qué comía. El desgaste de las mandíbulas es la clave del estudio. Los cefalópodos que se alimentan de presas de concha dura —crustáceos, moluscos, peces óseos— desarrollan un desgaste característico en el filo y la punta del pico, que se erosiona con el uso reiterado. Es el mismo principio que un cuchillo que se afila contra piedras: la herramienta guarda la memoria de su trabajo.

En los ejemplares adultos de Nanaimoteuthis, el desgaste llegó a eliminar hasta el 10% de la longitud total de la mandíbula, más que en cualquier cefalópodo moderno conocido, lo que sugiere una actividad depredadora intensa y sostenida durante toda la vida del animal. Sobre la solidez de esas estimaciones, Ikegami es cauto pero firme: "N. haggarti era comparable en tamaño al calamar gigante actual, y muchas estimaciones lo superan. La conclusión de que estuvo entre los mayores invertebrados de la historia de la Tierra es robusta", afirma el investigador. Ikegami admite que no se puede medir la inteligencia en un fósil, pero sí inferirla: “El desgaste asimétrico no demuestra directamente la inteligencia, pero sugiere que Nanaimoteuthis no era solo un depredador grande y poderoso: puede que también tuviera un comportamiento avanzado e incluso conductas individuales, similar en cierta manera a los pulpos modernos".

Una pregunta inevitable es… dónde vivían? Los pulpos gigantes modernos habitan las profundidades abisales. Pero Ikegami descarta que Nanaimoteuthis llevara ese estilo de vida: “No era un entorno costero, pero tampoco el tipo de ambiente de aguas profundas donde viven hoy muchos pulpos gigantes. Era un ambiente de mar relativamente abierto, con una vida marina diversa. Nanaimoteuthis era probablemente un gran depredador; usaba sus largos brazos, sus poderosas mandíbulas, su gran cuerpo y su enorme movilidad para capturar y devorar presas como amonites, grandes bivalvos, peces y otros cefalópodos".

Además, hay un detalle más revelador todavía: el desgaste no es simétrico. El filo derecho de la mandíbula aparece más gastado que el izquierdo en ambas especies. Esta lateralización, es decir, la tendencia a usar preferentemente uno de los dos lados del cuerpo, está asociada en animales modernos a cerebros más desarrollados y a comportamientos cognitivos más complejos. Los pulpos actuales la presentan, y su inteligencia, documentada en numerosos estudios, es comparable a la de muchos vertebrados. El hallazgo sugiere que los pulpos ya eran animales inteligentes hace 100 millones de años.

Recordemos que el Cretácico tardío, hace entre 100 y 66 millones de años, es el período que termina con el gran impacto que extinguió a los dinosaurios. Era un mundo de mares cálidos y poco profundos que cubrían amplias zonas de los continentes actuales. En esos mares reinaban, según el consenso científico, los grandes vertebrados: mosasaurios de hasta 17 metros, plesiosaurios de hasta 12, tiburones aplastadores de conchas como Ptychodus, de hasta 10 metros. Los invertebrados eran, en ese relato, las víctimas; organismos que desarrollaron conchas cada vez más gruesas y elaboradas como respuesta evolutiva a la presión depredadora de los vertebrados.

El nuevo estudio pone patas arriba ese relato. Nanaimoteuthis haggarti no era una víctima: era un competidor. Con sus entre 7 y 19 metros de longitud, sus poderosas mandíbulas, sus largos brazos flexibles —la estrategia de caza de los pulpos no requiere una boca enorme, sino extremidades que atrapen y sujeten mientras el pico desmembra— y su probable inteligencia, estos cefalópodos gigantes probablemente ocuparon el mismo nivel en la cadena alimenticia que los mosasaurios. Si se cruzaron, nadie lo sabe aún.

Pero la posibilidad de que un pulpo del tamaño de un autobús articulado cazara reptiles marinos deja de ser ciencia ficción. Y, en cualquier caso, vertebrados y cefalópodos llegaron al mismo punto —ser grandes depredadores inteligentes— por caminos distintos, pero sorprendentemente paralelos. Los vertebrados perdieron sus placas de armadura y redujeron sus escamas para ganar velocidad y agilidad. Los cefalópodos, finalmente, eliminaron su concha externa para convertirse en animales de cuerpo blando, más rápidos, con mejor visión y mayor capacidad cognitiva. Ambos grupos desarrollaron mandíbulas potentes.

Una parte fundamental del estudio fue metodológica. Una docena de las 27 mandíbulas analizadas no fueron encontradas con pico y martillo, sino con lo que los autores llaman “minería digital de fósiles”: una combinación de tomografía de alta resolución —que genera imágenes de secciones transversales de la roca a escala microscópica— y un modelo de inteligencia artificial, entrenado para detectar estructuras orgánicas, o sea, restos animales, en enormes conjuntos de imágenes. La técnica, desarrollada por el propio equipo, permitió encontrar mandíbulas que habrían pasado completamente desapercibidas con métodos convencionales, dicen, y visualizarlas como modelos tridimensionales digitales sin necesidad de dañar la roca que las contiene.

Maracaibo, domingo 3 de mayo del año 2026

sábado, 2 de mayo de 2026

Camburcitos


La anemia de células falciformes es una de las enfermedades monogénicas más estudiadas en genética médica. Su origen radica en una mutación puntual en el exón 1 del gen HBB, que reemplaza un ácido glutámico por valina en la posición 6 de la cadena β de la hemoglobina. Este cambio estructural origina la hemoglobina S (HbS), que tiende a polimerizarse en situaciones de baja oxigenación, lo que provoca una deformación de los eritrocitos, generando las clásicas células en forma de hoz. En nuestro entorno los compararíamos con los cambures, en Maracaibo pueden denominarse guineos y en España les dicen plátanos que usualmente llegan desde Canarias.

 

Cuando era niño, aprendí que muchos cuentos, relatados en inglés, se iniciaban con la frase de “once upon a time” (hubo una vez hace mucho tiempo) y de esto, hace ya más de seis años que hablamos en este blog (lapesteloca) y relataría una historia o cuento que sucedería en la Universidad Central de Venezuela (UCV), hubo una vez, sí, años atrás, en un Instituto de la Facultad de Medicina que se abreviaba como el IAP de aquella universidad, donde aprendimos que los glóbulos rojos también llamados eritrocitos, en ocasiones dejan de ser redondos y toman la apariencia de un plátano…

 

Ya sobre las hemoglobinas (https://bit.ly/35ZLXCj) habíamos hablado en este blog, y de cómo y cuándo, les decía yo los “camburcitos” a los eritrocitos modificados por la HbS, y les informaba a los jóvenes residentes, del IAP de la UCV (me imagino que tal vez para no confundirles, nunca les denominaba “guineítos”, como les diríamos en la República de Zulia); recuerdo también que en 2012 hablé en el blog de mi estimado maestro el doctor Rafael Muci Mendoza quien analizó este asunto en el juicio crítico al trabajo de incorporación a la Academia de Medicina del doctor José María Guevara Iribarren, titulado Desarrollo del Estudio de las Hemoglobinas Anormales en Venezuela, y nuevamente recordé, los “camburcitos”, y las historias de “mis residentes de patología”…

 

Pensé también en unos casos de paludismo (con cambures) al ser examinados con el microscopio electrónico, que me llevaron a visitar al doctor Arnoldo Gabaldón.  También vino a mi mente la isla de Toas, en la salida del Lago de Maracaibo de cara al Golfo de Venezuela, y los estudios de Núñez Montiel y col., en los años 1962 y 1979, y luego, Lennie Pineda y Lisbeth Borjas publicados en Investigación Clínica (27: 5·14) en 1986, señalando todos ellos que Toas, representa una de las poblaciones con mayor incidencia de hemoglobinopatía S en el país, y por consiguiente, con casos con anemia de células falciformes.


Toda esta historia de los eritrocitos tomando la apariencia de cambures, la habíamos aprendido mirando casos en el microscopio electrónico al detectar la estructura de la HbS con apariencia de cristales rigidos (ver) dentro de los eritrocitos. Así que, cuando “controlábamos” microscópicamente la histología de las autopsias, al ver los cambutes en la sangre, taimadamente me llevaba a plantearle a “mis residentes”, la procedencia de cualquier paciente examinando las láminas, vg. así… “A que este caso tiene que ser de una persona morena de los Valles de Tuy”…

También con mis estimadas colegas Cathy y Mariaelena publicamos en la revista GEN varios (21) casos de “cambures en la sangre”… Hernández C, Ruiz ME, García Tamayo J. Anemia drepanocítica, lesiones hepáticas: estudio clínico, morfológico y ultraestructural de 21 casos. GEN 46: 183-190, 1992

 

Se estima que cada año nacen en el mundo cerca de 300,000 niños con anemia de células falciformes, cifra que podría alcanzar los 400,000 para 2050. Entre los años 2000 y 2021, la prevalencia global aumentó de 5.46 a 7.74 millones de casos, y la carga de mortalidad continúa siendo alarmante, especialmente en África subsahariana, India y en comunidades de ascendencia africana alrededor del mundo. Nosotros como ya señalaba, tenemos la más alta tasa del país en la isla de Toas. Las consecuencias fisiopatológicas de todo este fenómeno en los pacientes incluyen hemólisis crónica, episodios vaso-oclusivos recurrentes, inflamación sistémica y daño multiorgánico progresivo.

 

La mayor incidencia de HbS se concentra en África y Asia, Latinoamérica también presenta una carga genética considerable, sobre todo en poblaciones afrodescendientes y costeras. La persistencia del alelo falciforme se explica, en parte, por su efecto protector frente a la malaria. En México, la implementación del tamizaje neonatal es heterogénea, con variaciones regionales y una cobertura desigual. Estas brechas limitan el diagnóstico temprano y el acceso a intervenciones oportunas, resaltando la urgencia de estrategias preventivas y terapias dirigidas que aborden la raíz genética del trastorno.

 

En cuanto al tratamiento convencional de la anemia de células falciformes se basa en hidroxiurea, transfusiones crónicas o fármacos moduladores de hemoglobina, que solo ofrecieron alivio sintomático, sin corregir la causa subyacente. El trasplante alogénico de médula ósea, considerado la única cura funcional, se ha visto limitado por la escasez de donantes compatibles, su toxicidad y elevado costo. Sin embargo, el panorama cambió radicalmente con la llegada de la edición genética, CRISPR del cual hablamos en este blog desde enero del año 2017( https://tinyurl.com/8zst4r8r ).

 

En el 2012, Emmanuelle Charpentier y Jennifer Doudna propusieron que el CRISPR-Cas9 podía ser reprogramado para cortar y modificar secuencias específicas de ADN, un hallazgo que transformó la biología molecular y abrió un nuevo en medicina genética. El sistema CRISPR-Cas9 combina una endonucleasa Cas9, que funciona como tijera molecular, junto con una guía de ARN (sgRNA) que dirige la enzima hacia la secuencia diana. Tras el corte de doble cadena, la célula puede reparar el ADN por dos vías principales: Unión de extremos no homólogos (NHEJ): un mecanismo rápido, sin plantilla de reparación, propenso a inserciones o deleciones (indels). Es útil para inactivar genes reguladores negativos, como BCL11A, con el objetivo de reactivar la hemoglobina fetal (HbF). Reparación dirigida por homología (HDR): requiere una plantilla donadora con la secuencia correcta, lo que permite corregir con precisión mutaciones puntuales, como la Glu6Val en HBB.

 

Las células madre/progenitoras hematopoyéticas (HSPCs) representan el blanco ideal para las terapias génicas, al ser responsables del mantenimiento de la hematopoyesis a lo largo de la vida y capaces de transmitir corrección genética a todas las líneas celulares sanguíneas. Estas células se sitúan en la cúspide de la jerarquía hematopoyética, caracterizadas por su capacidad de autorrenovación y diferenciación multipotencial. De ellas derivan los progenitores multipotentes (MPPs), que conservan la capacidad de diferenciarse, pero pierden la autorrenovación, y posteriormente los progenitores comprometidos (CMP y CLP), responsables de generar las células maduras de la sangre periférica. La edición precisa de HSPCs permitiría restaurar la función normal de la hemoglobina o compensar la mutación mediante la activación de vías alternativas, proponiendo una solución potencialmente curativa.

 

Hasta aquí por hoy en un país donde la búsqueda de cambures tiene otras acotaciones mayormente perversas---

 

Maracaibo, sábado 2 de mayo del año 2026